Aquella noche en la vereda


“Todo parecía muy normal. Nada que hiciese presagiar que, con la complicidad de la noche, dos seres, en mitad de una recóndita vereda, en el corazón de Asturias, pudieran estar hablando de lo humano y lo sobrehumano, como si tal cosa. Nadie se lo hubiera imaginado, y sin embargo, allí estaban.”
… … …
Quin ya estaba en la calle. Los goznes de la puerta, mil veces ensalivados, chirriaron al cerrarse tras él. Desde dentro del bar alguien le había obsequiado, a modo de despedida, con unas palabras guasonas, lo que hizo que una tímida sonrisa asomara a sus labios. Su intención era reír abiertamente, pero a aquellas horas de la madrugada podía más los efectos del alcohol, la cansera y la desgana que su voluntad.
La lluvia le esperaba fuera a Quin. A media tarde, cuando hubo llegado al bar, una pertinaz llovizna le había hecho compañía desde su casa, y ahora que iba a regresar, a media noche, le aguardaba en la calle.
Pese a lo encapotado del cielo podía percibirse tras el celaje el fulgor de la luna llena. La tenue luz era dueña de la desapacible madrugada y las gotas de lluvia eran inevitables testigos de lo que ocurría a aquellas inoportunas horas.
La humedad, fría como el hielo, se le coló a Quin por cada poro de la piel y su cuerpo menudo y enjuto se estremeció víctima de un felónico escalofrío. Se apercibió de la realidad que le aguardaba a este lado de la puerta, en la calle, y su ánimo se resquebrajó y para él la noche adquirió un aspecto más inhóspito del que realmente tenía.
Luis, que era su verdadero nombre, aunque todos le llamaran Quin, se acurrucó dentro de su amplia gabardina y dejó escapar un vaporoso resoplido, cual alcoholizado dragón. Con sus huesudas y marfileñas manos de minero viejo, cruzadas de cicatrices oscuras, manipuló torpemente el enorme paraguas que llevaba consigo hasta que el amplio y negro hongo se desplegó sobre su cabeza.
Cruzó con paso vacilante al otro lado del camino empedrado y dejó que sus disminuidos ojos escudriñaran el valle, en busca del referente que le arrancara del idílico estado en que salió del bar. Se esforzó por situarse mentalmente en el tiempo y en el espacio que ocupaba en aquel instante. Su casa era la reseña que le anclaba en estos casos de incertidumbre al hodierno, y allí estaba, donde siempre, en la ladera de la montaña, rozando la nava, cerca de la carretera que lleva a la Felguera. Quin, a duras penas pudo distinguir el tejado entre los árboles que jalonaban la pendiente de la collada. Respiró hondo, esparció la mirada por todo el valle y contempló cómo la luz enfermiza de las muchas bombillas que colgaban de las puertas de las casas delataba su ubicación, desperdigadas por toda la cuenca minera. Creyó que con sólo alargar el brazo podría coger en su mano aquellas casitas de juguete. Se creyó Dios. Si quisiera podría cambiarlas de lugar, como si se tratara de figuras de un belén construido a sus pies. Se imaginó, divertido, la reacción de la gente al comprobar que sus viviendas habían cambiado de asentamiento de la noche a la mañana, y disfrutó con ello. A Quin siempre le pareció que su casa estaba demasiado lejos del bar, pero terminaba por resignarse y comprendiendo que, por el momento, aunque se creyera Dios, no era posible cambiarla de lugar.
Quin, decidido al fin, encaminó sus desequilibrados pasos hacia la vereda que conducía a su hogar. Apenas había andado unos pocos metros cuando sintió la acuciante necesidad de aliviar su henchida vejiga. Se detuvo, se giró y apuntó a una estaca gangrenada por la humedad. Se quedó quieto, bajo el paraguas, orinando. Las piernas se le entumecieron y comenzaron a bailarle dentro del pantalón, sin importarle demasiado.
Allí, de pie, frente a la empalizada que cerraba un pomar, inundado por la sensación de bienestar que le producía el ir vaciando la vejiga, se dejó acariciar por un sopor que dulcemente le adormecía. Cerró los ojos y...
-¿Adónde vas, Quin?
La pregunta emergió de la ensoñación, como una puñalada trapera.
-¿Adónde vas, Quin?
Oyó repetir.
-¿Adónde vas, Quin?
La machacona pregunta hizo que los sentidos del interpelado fueran regresando a la consciencia.
-¿Adónde vas, Quin?
A Quin pareció no extrañarle aquel interrogatorio, de hecho lo estaba esperando desde que enfiló la vereda. Sí. Contaba con ello. Sabía que más pronto que tarde aquella cantinela surgiría del paraguas para atronar sus oídos y su conciencia; como otras veces, como siempre. Y allí estaba, tan predecible para Quin como el canto del cárabo en la oscuridad, o el alarido del perro al que se le pisa el rabo. Era su propia conciencia, su atormentada conciencia, la que hacía hablar a las gotas de lluvia sobre la tela negra del paraguas.
-¿Adónde vas, Quin?
No se cansaba de preguntarle.
-¡Qué te importa! -respondió, ahora luchando con los botones de la bragueta para cerrarla.
-¿Adónde vas, Quin?
-¡Qué te importa!
La monótona conversación terminó por rescatarle definitivamente de las garras de las somníferas tinieblas que casi habían logrado adormecerlo por completo.
-¿Adónde vas, Quin?
-¡Qué te importa! ¡Coño!
Y allá iba, sendero abajo, acompañado por la interminable duda que su conciencia le planteaba, haciendo hablar a la lluvia sobre el negro paraguas. De cuando en cuando, sin darle mayor importancia, él respondía a la contumaz pregunta.
-¿Adónde vas, Quin?
-¡Qué te importa, coño!
… … …
La luna llena alumbraba tímidamente su paso. Caminaba bajo los destellos que la luz dibujaba en la humedad que cubría las descoloridas hojas de los avellanos, de los olmos, de los castaños… Quin bordeaba empinados prados plateados, seguido al paso por helechos y ortigas; al lado de muros bajos de piedra enmohecida y empalizadas cubiertas de musgo; dueño y señor de la vereda y de la noche, aguantando el equilibrio sobre resbaladizas piedras y limpios charcos, cuesta abajo, hacia su casa.
-¿Adónde vas, Quin?
-¡Qué te importa!
Un golpe de aire, frío como la muerte, subió repentinamente lamiendo el valle. A su paso todos los árboles lloraron gotas de lluvia y hojas secas. Los helechos, las hierbas y las altivas copas de los árboles reverenciaron el cruzar del soplo. La bruma, que poco antes había querido colonizar la cuenca, desapareció barrida por el ímpetu del gélido viento. Con golpe seco, con la fuerza de lo sobrenatural, se llevó del cielo el manto nacarado que impedía ver la preñada luna. En su marcha ascendente, la glacial brisa, abofeteó a Quin con toda su energía. Él se tambaleó hasta perder el equilibrio y cayó al suelo como un pelele. El costalazo fue de pronóstico reservado. El viento que no cesaba, le arrancó el paraguas de su mano exánime y se lo llevó, y con él se fue la interrogante voz. Quin no se dio cuenta de ello: estaba sin sentido, caído boca arriba, como queriendo tragarse todas las estrellas que ahora cuajaban el firmamento. Tampoco supo qué fue lo que le despertó, si el cortante frío que comenzaba a coagularle la sangre o aquella voz ronca que le llamaba.
-¿Tienes un cigarrillo, Luis?
Quin no reconoció al hombre que le hablaba, aunque, su cara le resultaba familiar. Trató de incorporarse. No sabría decir cuánto tiempo estuvo allí tumbado. Sus ropas habían adsorbido toda la humedad del suelo donde había caído y pesaban como una losa de sepultura. Estaba aterido y muy aturdido y no pudo levantarse.
-Tengo el tabaco en el bolsillo de la chaqueta -acertó a responder.
-No te muevas… ya lo cojo yo.
Las manos de aquel hombre apartaron la gabardina empapada que llevaba Quin y buscó el ansiado tabaco en los bolsillos de la americana.
-No te muevas, ya preparo uno también para ti -le dijo el individuo, manoseando la petaca en busca de la hebra con la que liar un par de pitillos.
-Hace frío, ¿verdad? -continuó-. Creo que está helando. Casi siempre hiela en la noche de San Ernesto y si, como hoy, hay luna llena es mucho más seguro. ¿Tú tienes frío, Luis? -Quin no respondió-. No me extrañaría nada que lo tuvieras, además con esa mojadura que llevas encima, no me chocaría que pillaras algo.
Quin no podía articular palabra.
-Toma -el hombre aquel le ofreció el pitillo-. Le he puesto unos cogollos de marihuana, para ver si te animas un poco. Se te ve mala cara. Puedes fumarlo con toda confianza, es maría de la mejor, me la pasa un marroquí que enterraron en Lada.
-¿Qué es esta mierda? -acertó a decir Quin-. ¿Te crees que yo soy un drogadicto, o qué?
-Fúmalo, no seas tonto. Verás cómo te anima, hombre. Te garantizo que es buenísima, de toda confianza. ¿No me crees? Mira, mira cómo fumo yo -el hombre se deleitó dando caladas al pitillo-. Esto, amigo, coloca hasta a un muerto -el hombre se detuvo, como queriendo rumiar las palabras que acababa de pronunciar-. ¡Qué chiste más malo me ha salido! -y se rió a mandíbula partida.
Aquello último que dijo aquel hombre le dio una pista a Quin, que desde hacía rato se preguntaba quién era aquel siniestro personaje. El caso es que le resultaba familiar. Estaba seguro de que no era la primera vez que se topaba con él. Y su sorpresa fue mayúscula cuando lo hubo reconocido.
-¡Me cago en mi madre! -exclamó-. ¡Me cago en la puta que me ha de volver a parir! Si no fuera porque… ¡Claro, claro! Ya decía yo que tu cara… ¡Claro, ya sé quién eres! ¡Me cago en mi madre! ¡Pero, no, no puede ser! Tú eres Canorín… ¡Canorín, el de Mosquitera!
-El mismo.
Se hizo el más absoluto silencio. La noche se impregnó de asombro y misterio. Quin miraba a aquel hombre sin poder creérselo, con el entendimiento sin sentido. Si aquello que le estaba ocurriendo fuese tan cierto como parecía, era para morirse de miedo, pero si, como se imaginaba, fuese una broma era para morirse de risa. En ambos casos, Quin, estaba perdido. Creía que algo así sólo pasaba en los relatos de miedo que cuentan las viejas al calor de la hoguera. Nunca pensó que pudiera ocurrir en realidad y mucho menos que él fuera a ser testigo de algo semejante.
-¿Qué te pasa, hombre? -preguntó el tal Canorín-. Fuma, fuma.
-Así que tú… -titubeó Quin.
-Sí, hombre -respondió Canorín, adivinando los pensamientos de Quin.
Quin tragó saliva y continuó:
-¡Tú eres un aparecido, coño!
Después de tal aseveración, Quin, logró sentarse. Canorín permanecía de pie. No dijo nada, se limitaba a apurar, indolente, su canuto.
-Tú te mataste en la quiebra del pozo de Paxumal -continuó diciendo Quin-. ¡Yo estaba allí cuando te sacaron! ¡Te vi muerto!
-Ya ves… -dijo, impertérrito, el aparecido-. El mundo es un pañuelo. Pero, fuma, anda, no seas tonto.
Ya nada, ni el hielo que empezaba a formarse en su ropa, ni el sueño, ni el cansancio, ni la borrachera podían arrebatar a Quin de su perturbación.
-Fuma, hombre -insistió Canorín.
-Estoy yo como para fumar. ¡Menudo susto tengo en el cuerpo!
-¿Por qué, hombre? Yo no me como a nadie. Tú fuma, fuma.
Aquel hombre aparentaba realmente ser inofensivo y Quin se tranquilizó un poco. Temblando, se acercó el pestilente canuto a los labios; dio una bocanada, desconfiado. Casi no podía sostener el porro con sus tiesos dedos. Después de tragar el humo no notó nada raro, así que volvió a aspirar con fruición del pitillo.
-¿A que está bueno, eh? -preguntó Canorín, el difunto minero.
-No me parece nada del otro mundo… -Quin comprendió la doble interpretación que podía darse a sus palabras-. Bueno… Es un decir.
-¿No te sabe a nada? -preguntó un tanto incrédulo el hombre-. ¡Chupa fuerte, coño, chupa!
Quin hizo caso y chupó hasta que la brasa del cigarrillo se perdió entre los dedos.
-¿Qué tiene esto de especial? -preguntó, mientras arrojaba los escasísimos restos del canuto al suelo.
-¿Cómo? ¿No sientes nada? -dijo asombrado Canorín.
-¿Qué he de sentir?
-Dame la petaca -exigió el de Mosquitera.
Con destreza lió otro abultado canuto y se lo ofreció a Quin.
-Prueba éste, a ver.
-Como tú quieras, amigo.
Canorín había liado el porro aumentando la ración de marihuana.
-Fuma, fuma -le apremió el finado.
Durante un buen rato, el vivo y el muerto, se limitaron a observarse en silencio. Canorín, el de Mosquitera, trataba de adivinar en el gesto de aquel pobre mortal la prueba que determinara el éxito de su cometido con él. Por su parte, Quin, miraba de reojo al difunto acompañante, preguntándose cómo era posible tal despropósito.
-A que está bueno, ¿eh? -dijo Canorín, esperando recibir una respuesta afirmativa.
-Hombre. ¿Qué quieres que te diga…? Como los pitillos de toda la vida –respondió, sincero, Quin.
Canorín no quería dar crédito a lo que estaba escuchando.
-¿Tú tragas el humo, hombre?
-¿Te crees que no sé fumar, o qué?
-¿Y no notas nada?
-¿No te lo dije? No, coño, no.
-¡Me cago en mi sombra! ¡Me cago en el rey de bastos! ¡Trae para acá la petaca!
El difunto Canorín fue liando los cigarrillos con marihuana, aportando en cada uno más droga, hasta terminar con las existencias de la tabaquera, y uno tras otro fue fumándolos Quin, con el mismo resultado desalentador para el muerto.
-¿Nada?
-Nada.
-Debías de tener un colocón como un templo de grande…
-Ya ves.
Decepcionado, hastiado, el pobre de Mosquitera se sentó a la vera de Quin. Humillado, hundió la cabeza entre las manos.
-Estoy acabado, Quin -dijo al poco.
-¿Ahora me llamas Quin, hombre? ¿Y eso por qué, si antes me decías Luis?
-Porque la muy… no quiere que cojamos familiaridades con nadie.
-¿Familiaridades? ¿Quién no quiere? -preguntó curioso Quin.
-La Santa Compaña.
-Ah.
… … …
Una estrella errante se descolgó de lo más alto, rasgando la bóveda celeste. Del fondo del valle se alzaron tímidos ladridos de can. La mojada hierba de los prados, de las pomaradas, la que crecía en los márgenes del camino, crujía por las dentelladas que le propinaba la helada. Los charcos, poco a poco, chasqueando, tornaban su límpida agua en frágil vidrio. Las lágrimas que la lluvia dejó en los extremos de las desnudas ramas de los manzanos se disfrazaban de brillantes cuentas de lámpara de salón, y la luna llena, plena, les prestaba su luz para que tomaran vida y alumbraran artificialmente los árboles.
Todo parecía muy normal. Nada que hiciese presagiar que, con la complicidad de la noche, dos seres, en mitad de una recóndita vereda, en el corazón de Asturias, pudieran estar hablando de lo humano y lo sobrehumano, como si tal cosa. Nadie se lo hubiera imaginado, y sin embargo, allí estaban. Yo los vi. Lo juro. Todavía conservo como testimonio el paraguas que el viento arrancó de las manos de Quin. Lo encontré, desgarrado por las espinas, en un zarzal, unos cuantos metros más arriba de donde ellos estaban sentados.
Quin, más seguro de sí mismo, trataba de consolar la desesperación de Canorín. Éste, dejándose llevar por las palabras de aliento de Luis, se enterneció y se sinceró con él. Le oí decir que, desde el mismísimo día de su trágica muerte, era un penado de la Santa Compaña.
-Desde entonces, la Santa Compaña, se adueñó de mí, para que le sirviera de reclutador de almas de vivos. Así creo purgar los pecados que cometí en vida -le contó a Quin.
-Hay que joderse… -dijo atónito Quin.
-Creo que ella me engaña, la muy hija de… ¡Mira que llevo años purgando!
Canorín le contó a Quin que el fundamento que guiaba a la maligna no era otro que el de dar quebranto a los espíritus sometidos, hasta el día en que murieran sus cuerpos; después el diablo decidiría qué hacer. A él le prometieron un juicio en el cielo, pero ya iba para largo.
El de Mosquitera siguió quejándose de su infortunio y manifestó amargamente su total desacuerdo con los métodos que últimamente se veía obligado a utilizar para cumplir su cometido.
-Antes era otra cosa, Quin. Bastaba con hacer renegar a los hombres y mujeres de su fe, pero ahora… Eso ya no sirve. Los tiempos han cambiado y ya nadie piensa en Dios, ni en el que lo fundó. Ahora ya no os importa lo mínimo la religión. ¿Y qué tenemos que hacer para que os condenéis, eh?
Quin no respondió, se limitó a escuchar al difunto Canorín desaho-garse.
-¡Drogaros, Quin! ¡Tenemos que drogaros, para que os condenéis! Tenemos que pervertiros con la droga.
-¡Coño! -exclamó Quin.
-La droga os corroe la voluntad, así os hacéis más fáciles de manejar, ¿entiendes?
-Ya, pero conmigo no funciona.
-Eso, Quin, va a traerme problemas -dijo apesadumbrado.
-¿Por qué?
-No importa… Yo sé lo que digo.
-Si te puedo ayudar…
-Hace tiempo que tenía que estar de regreso en el infierno, llevándome conmigo tu voluntad, que tú debías darme a cambio de droga que te mantuviera el vicio. Estoy acabado, Quin.
-Vamos, hombre, no te aflijas, yo te dejo que me lleves lo que quie-ras… Total… a mí qué más me da.
-Ya es demasiado tarde. Mira -Canorín señaló vereda abajo.
De lo lejos venía subiendo una procesión de centelleantes candilejas. Era el cortejo de almas caídas en desgracia aquella misma noche y que caminaban acompañando a la Santa Compaña. Cruzaban desdeñosas por entre bosques y prados, en perfecta formación, tras su dueña. Al pronto, de entre los fanales, pudo percibirse un son lánguido, que a fuerza de oírse cada vez más cercano, se fue tornando en armoniosa melodía de violines y gaitas.
-Vienen a por mí -dijo Canorín, poniéndose en pie y bajando sometido la cabeza-. Esta vez he fracasado.
Pero Quin ya no lo pudo oír, había caído en una profunda ensoña-ción, víctima del encantamiento que produce la música de la comitiva en las almas candorosas.
Yo sí lo oí, tal vez porque estoy destinado a condenarme. También vi la llegada de la Santa Compaña hasta donde estaba el de Mosquitera.
Permíteme, lector, que haga un pequeño inciso, para explicarte, sucintamente, cómo era aquella señora: la Santa Compaña. (Digo señora y no mujer, porque, además de ser ambas cosas, es también, y sobre todo, dueña, ama y poseedora de vasallos, y como tal le tributo pleitesía -como hacían los antiguos caballeros en la edad media con sus damas-, y le demuestro mis respetos tratándola de tal).
Era, pues, la señora alta de por sí, por lo que no entendí el propósito que perseguía al permanecer unos cuantos centímetros por encima del suelo, levitando; a no ser que pretendiera parecer más majestuosa. A la luz de la luna su cara redondeada parecía de tez pálida, como de porcelana blanca, pero con unas facciones bellísimas; con grandes y brillantes ojos y unos labios descoloridos, pero muy sensuales. Cubría su cabeza con una blanquísima y ligera sábana sepulcral, que le llegaba hasta los pies, y que en su caída hacia el suelo se ceñía a su cuerpo como un sudario, dibujando libidinosas formas de hembra deseada.
Al instante de llegar, vi cómo la señora recogía hacia arriba el lienzo, dejando al aire sus tersos y apetecibles muslos, y también vi cómo entreabrió las piernas, sin asomo de pudor, y orinó largo rato, saturando la atmósfera de un nauseabundo olor a azufre. Cuando hubo terminado, dejó caer la sábana para que volviera a tapar sus extremidades y dio unos pasos al frente.
Los que la seguían se abalanzaron, en bestial pugna, sobre la tierra mojada con el orín de la señora, tratando de revolcarse en él.
Después de frezar un largo tiempo en el suelo, a una señal de la matrona, las almas condenadas recobraron la compostura. Cuando estuvieron todos de pie, reparé, asombrado, en que podía reconocer a muchos de los que estaban allí. Vi al cura de Carbayín. (!) Sí, era el cura, lo juro. Al alcalde de Sama de Langreo; a Mari Pili, la pescadera de Siero; a Silvino, el panadero de Tuilla; a Marcial, el chigrero de la Camperona; al quiosquero de la barriada de Lada; a dos putas del burdel que hay en la carretera del Berrón; al gaitero de Fondeque; a un profesor que me dio clase en el instituto de la Felguera y a alguno más que no quiero nombrar. Tenían todos los semblantes circunspectos, plomizos y sus voluntades en evidente actitud servil hacia la Santa.
Lo que luego pasó no lo sé muy bien, y no porque no lo viera -que todo lo vi-, fue porque no le presté atención. Estaba tan embelesado con la belleza de aquella dama que todo lo demás me pareció supletorio. Sólo el desencanto que me produjo el verla partir me devolvió a la áspera materialidad de la vereda. Entonces sí pude darme cuenta de que Canorín marchaba cabizbajo, en los últimos puestos de la procesión, mientras Quin seguía tumbado, durmiendo plácidamente.
Al fin la comitiva desapareció, vereda abajo; y yo quedé apesadum-brado y melancólico; privado ya de la hermosura de aquella señora. Des-pués, antes de que despuntara el alba, el cielo volvió a cubrirse de nubarrones henchidos de agua y para cuando cantaron los gallos empezó a orvallar.
Llegó el día y con él un ambiente sucio de brumas y humos de hulla. Los trinos de los pájaros, la sirena de la mina, los ladridos de los perros, los tañidos de las esquilas de las vacas, las risas de los niños, el pitido del tren, los acelerones del coche de línea, el silbato del cartero, todo indicaba la normalidad de la cuenca y ya nada hacía suponer lo que había pasado aquella noche en la vereda; y sin embargo, todo lo que acabo de contarte, ocurrió. Realmente ocurrió, lo juro. Fue la noche de San Ernesto del año 2047, en la vereda que lleva desde el Resellón hasta Candín; pero si esto llegara a oídos de alguien más, ten por seguro que a ti y a mí nos tomarían por lo que no somos. Tratarían de argumentar mil motivos con los que convencerte de que lo que te cuento no pudo pasar. Entre otras cosas dirán que la noche de San Ernesto del 2047 aún no llegó. No les hagas caso y, entre tú y yo, si alguna vez tienes ocasión de ver a la Santa Compaña, te darás cuenta de porqué sigo prendado de ella.


Fin.


© Nicanor García Ordiz, 2009.

Edición íntegra de Jilgueros en los ojos

Sí, hoy me lo he propuesto y desde ahora mismo toma cuerpo la idea de publicar los ocho relatos de Jilgueros en los ojos en este blog. Periódicamente iré subiendo un relato hasta completar el libro. El índice es éste:


1.- Aquella noche en la vereda.
2.- Adiós, Marina.
3.- Un entierro singular.
4.- Un nido de ángeles.
5.- Por quererte.
6.- El filandón del renegado.
7.- La obsesión.
8.- Jilgueros en los ojos.


Espero que os guste.

Felicitación

   Que las náyades del Boeza os colmen de paz y felicidad en estas Navidades, y que, en el próximo año nuevo, lleven alegrías a raudales a vuestros aconteceres. Salud, amigas/os.

El acebo y el ancla (Cuento de Navidad)



   El solitario pescador, Antonio Galán, utilizó el pañuelo de cuadros azules que llevaba puesto en la cabeza, a modo de protección contra el sol, para limpiarse el sudor de su frente. El joven hizo visera sobre las cejas con su mano cuarteada por el salitre, y miró con los ojos entreabiertos la altura que tenía el despiadado sol por encima del horizonte. Decidió que había llegado el momento de regresar a puerto. Era más temprano que de costumbre, pero aquella tarde tenía una tarea ineludible que realizar en tierra, y por eso había resuelto pasar la jornada de pesca a escasas millas de la costa, más cerca aún de lo que la estricta orden de prohibición permitía. Por la mañana, antes de amanecer, rumbo al caladero, ya sabía que se arriesgaba a que la faena transcurriera con escasa fortuna. Nada nuevo, de todos modos, en estos tiempos de restricciones. Ahora que regresaba a casa sabía que sus temores eran fundados. Fueron seis robalos, tres sargos, dos herreras y cinco mojarras lo que había capturado con palangre durante el día. Escaso botín, pensó. Antonio calculó que apenas sacaría siete duros por los peces, y eso si se los compraban todos; claro que, del fruto de la venta, tendría que descontar el gasoil que había gastado y el coste de las escasas viandas que había llevado para alimentarse en la mermada jornada. Al final podían quedarle en limpio unas treinta pesetas. Menos que en un día normal. Pero se consoló pensando que, de no haber salido a la mar, las ganancias habrían sido nada. Y sabía que aquellos poco dinero que recibiera, junto con el resto de los ahorros que había en casa, iban a serle necesarios para el inicio de un futuro inmediato e incierto, lejos de su mar.
   Recogió los utensilios de pesca con la destreza y la rapidez que le habían dado los años de experiencia. Dedicó una pronta mirada de resignación a los peces que había capturado y, después de haberse santiguado, aceleró el motor de su barco, rumbo a la costa. La roda de la proa, empujada por los viejos y engrasados pistones del Perkins, se elevó un palmo sobre el agua, rompiendo la serenidad del océano; y a los diez minutos de navegación, Antonio divisó la silueta de la tierra del litoral andaluz recortándose contra el cielo azul, a mitad de camino para poder llegar a la bocana del puerto de la Albufera de Barbate, en Cádiz, su pueblo.
   A las cinco de la tarde de aquel martes, 31 de mayo de 1966, la calma se había instalado en el puerto barbateño. Soplaba una leve brisa de Levante, y todo parecía ocioso y baldío. Sólo aquí o allá se podía ver algún pequeño barco que se desplazaba perezosamente, sin aparente rumbo. En el suelo, de cemento deslucido, tirados junto a los barcos, veteranos pescadores arreglaban redes invisibles con unas burdas agujas de madera. Los perros dormitaban sobre las amarras, cubiertas por la arena que arrastra el aire. No se ven gatos, ni tampoco gaviotas; y es que a aquellas horas aún no hay pescado, y por lo tanto tampoco hay restos que comer. Antonio Galán tuvo suerte y pudo vender toda su pesca. Se dirigió a la taberna del puerto. Dentro los hombres se apalancaban en las mesas que rodean el ventanal que da a la calle. Toman cafés, fuman y contemplan un mar inerte. En la profundidad invisible del agua la vida continúa. En tierra está ralentizada. En el exterior de la taberna la gente se desplaza con desgana. Un muchacho se sube a una bicicleta medio oxidada, lleva en una mano una bolsa por la que asoman unas colas de pescado y se despide con la otra. Un anciano, con una gorra de cuadros, orina contra la pared trasera de la taberna. Otro ata un perro en el interior de una de las casetas para pescadores que rodean el puerto. La gente, la poca gente que se deja ver a aquellas horas, se intuye desanimada, indiferente, y Antonio no es una excepción. Hace meses que las cosas no van muy bien por estas tierras para los hombres de la mar. Sus caladeros están casi todos en aguas de Marruecos y en noviembre del año pasado, las autoridades, dictaron una rigurosa orden prohibiendo las faenas de pesca dentro de las aguas jurisdiccionales marroquíes. Sería cosa de poco, dijeron los mandamases, pero ya habían transcurrido seis meses y todo seguía igual. Aquello apuntaba al inicio del fin de una cultura de pesca que se perdía en los albores de los tiempos. Todos lo pensaron, y ahora todos lo padecían. Escasez de pesca era sinónimo de escasez de recursos, y eso equivalía a tener que pasar necesidades, e incluso hambre. Todos lo sabían y se hacía palpable en el talante de la sufrida gente de la mar. Hasta hacía bien poco las cosas habían pintado de otra manera, todo el monte había sido orégano para ellos; se podía pescar libremente, sin limitaciones. Ahora se recordaba con nostalgia cuando sus abuelos bajaban hasta Agadir, o incluso hasta Kenitra, entre seis y doce horas de singladura desde el puerto de Barbate. Entonces los barcos salían los domingos por la noche y regresaban los viernes, con las tripas llenas: unos con docenas de cajas de hermosos boquerones, otros de resplandecientes sardinas y los más, en temporada, con grandes atunes atrapados con el tradicional arte de la almadraba. Un buen botín, sin duda, para una semana de duro trabajo. Pero ahora todo aquello se había convertido en algo para recordar, y en un compararlo con lo que estaba pasando. La incertidumbre y el temor reinaba en el ánimo de los curtidos hombres de la mar, que veían transcurrir las eternas jornadas de pesca con la escasa recompensa que les proporcionaba el pasarse las horas muertas, en la bahía de Cádiz, a escasa distancia de la costa, mendigando unos pocos peces al océano. Revivir los recuerdos de antaño y contar los problemas de ahora era la mayor ocupación de casi todas las gentes de la zona. Se hablaba de ello en las tertulias, en las casas de los pescadores, alrededor del puerto, en las calles del pueblo, entre los hombres y mujeres; en todos ellos se había instalado la inseguridad y el recelo. Pero para Antonio Galán había, además, otro asunto que le producía mucha más preocupación que aquella que tenía todo el mundo en Barbate. Era el inminente futuro que se estaba labrando a marchas forzadas. Y no es que, a sus veintiséis años, temiera enfrentarse a lo que se le pudiera poner por delante, no; lo que le producía desasosiego era el hecho de que en la suerte de tamaña empresa no se encontraba solo. Antonio estaba casado con Lola, una hermosa barbateña que se había criado dos casas más abajo de donde creció él, y que el infortunio unió, convirtiéndoles, a los dos, en huérfanos de padre el mismo día. Una galerna inesperada hundió el barco donde sus progenitores faenaban, y con la embarcación se fueron ellos para siempre a los abismos de la mar. Antonio y Lola eran padres de una niña: Carmencita, la niña de sus ojos y el motivo de sus aflicciones y sus padeceres. La niña tenía sólo cinco años de edad, pero habían sido cinco años intensos, penosos, para ella y para sus padres, sumidos, todos, en un atormentado valle de lágrimas, en una intensa sensación de angustia y desolación. Desde el mismo día de su alumbramiento su vida había sido un martirio. La primera bocanada de aire que robó al mundo hirió sus pulmones con la misma facilidad con la que el ácido sulfúrico deshace el papel. La comadrona que atendió el parto se percató enseguida de que algo no iba bien; de que a la niña le pasaba algo, y la cosa era muy seria. Carmencita vino al mundo muy menudita, y tenía serias dificultades para respirar. La partera pegó su oreja al cuerpo diminuto de la niña y después de escuchar detenidamente sobre su pecho torció el gesto. Había comprobado que el latido del corazón de Carmencita no era regular. Al pronto pudo percatarse de que a los esfuerzos ímprobos de la niña por atrapar el aire para vivir le seguían síntomas de que los deditos de la recién nacida comenzaban a tornarse azulados, al igual que sus labios. La comadrona dio la voz de alarma y las mujeres que acompañaban a Lola en el lecho del alumbramiento, en su propia casa, salieron corriendo en busca del médico. Éste sólo pudo constatar el mal estado de la niña, y ante la gravedad del caso, él mismo se prestó a llevarla en su auto al hospital de Cádiz; pero antes de partir pidió a las abuelas de Carmencita que rezaran para que la niña llegara con vida.
La niña permaneció ingresada en el hospital durante dos meses. El día que le dieron el alta, los médicos, sin ningún miramiento, hablaron con los padres y les dibujaron un cuadro nefasto de la situación de la pequeña, y le auguraron un futuro del todo deprimente. La enfermedad de la niña no tenía un tratamiento que la curara. Todo lo más que se podía hacer por ella era proporcionarle medicamentos que frenara su evolución hacia una muerte segura. Y advirtieron de que lo poco o mucho que la criatura viviese, en adelante, no iba a ser un camino de rosas. Sus pulmones y su corazón estaban muy dañados y su sistema inmunológico muy empobrecido, sólo Dios sabía cuánto tiempo podría aguantar. Carmencita iba a desarrollar continuas infecciones respiratorias, que supondrían constantes y angustiosos ataques de tos, acompañados por la expulsión de mucha mucosidad. La niña padecería cambios en la coloración de la piel y continuos episodios de fiebre, así como terribles dolores de cabeza, taquicardias y palpitaciones. Cada vez tendría mayor dificultad para respirar, lo que agudizaría su angustia; sus piernas se hincharían por la acumulación de líquidos, al fallarle el corazón, y finalmente, un fatídico día, un incierto día, cualquier día, la niña dejaría de respirar para siempre.
   Ahora, cinco años después, Antonio y Lola sabían bien que todo lo que les habían pronosticado los médicos se había cumplido, y seguiría cumpliéndose hasta que la fatalidad se llevara de su lado a su hija. Habían sufrido, viendo día a día el padecer de su Carmencita, víctima de aquella enfermedad incurable, y habían luchado contra aquel despropósito, cada uno de los días de aquellos últimos cinco años. Eran conscientes de que cualquier segundo, cualquier minuto, podía ser el último en que pudieran abrazar a su hija. Aquello se había convertido en una losa que pesaba sobre ellos con el peso de la eterna incertidumbre, pero con la certeza de que acabaría más pronto que tarde. Una carga que corroía su ánimo y su voluntad, pero siempre albergaron la esperanza de que su hija se salvara; nunca perdieron la confianza en un milagro que curara a su Carmencita; y mientras tanto, hacían todo lo que pudiera estar en sus manos para que el irremediable desenlace no se produjera nunca.
   En la última visita al neumólogo del hospital, éste les confirmó lo que ya sabían: la enfermedad seguía su marcha destructora, lenta, pero avanzaba imparable; y les apuntó la posibilidad de que, con un cambio de aires, Carmencita, podría experimentar alguna mejoría. Era una posibilidad remota, pero factible al fin y al cabo, y Antonio y Lola se aferraron a aquella eventualidad como a un clavo ardiendo, y desde entonces, Antonio, no había parado por lograr el propósito de llevar a su hija a otra parte, a otro lugar donde pudiera respirar un aire más puro, desprovisto de arenas y salitres.

*** *** ***

   –¿Qué hora es, Juan? –preguntó Antonio, al dueño de la taberna, una vez dentro del bar.

   –Casi las seis, Antoñito –le respondió Juan, desde detrás de la barra.

   Antonio respiró aliviado. Había llegado con tiempo, así que trató de relajarse y esperar.

   –Ponme vino quinado con sifón.

   Un hombre mayor, desde una de las mesas, le preguntó a Antonio por la suerte de su día de pesca.

   –A penas para cubrir gastos, Manuel –le contestó–. Como siempre…

   –Como siempre –repitió el tal Manuel–. Todos los días igual, joder. Mierda de moros… Me cago en todos sus muertos. A mí me los tenían que dejar… a mí –dijo, dándose puñetazos en el pecho–. Ya les iba a decir yo dos cosas… Les iba a meter sus peces por donde les cupieran. Les iba a enseñar yo lo que es la retranca andaluza. Les iba…

   –Calla, Manuel –otro hombre le interrumpió–. Las paredes oyen.   
   Ya lo sabes.
   –¿Y cómo va tu chiquilla, hijo? –preguntó el tal Manuel, más aplacado.
   Antonio reprimió una mala mueca y trató de aparentar serenidad al responder.
   –Bueno, ya sabes… estas cosas van despacio, Manuel. Sigue como siempre. Sin mejoría.
   –Paciencia, Antoñito, paciencia, hijo. Es lo que nos queda a todos –sentenció Manuel.
   –Ya lo sé. Ya lo sé –dijo cabizbajo Antonio.
   –Al final os vais con tu hermano, ¿no? –Ahora era Juan el que le preguntaba al joven pescador.
   –En eso estamos. Ya veremos –respondió Antonio.
   –Os echaremos en falta, mi alma. Lo sabes, quillo. Y no quiero recordarte que aquí estoy para lo que necesites, Antoñito –le dijo sincero el dueño de la taberna.
   –Gracias. Lo sé, Juan. Te lo agradezco en el alma, pero por el momento podemos arreglarnos solos.
   –Tenlo en cuenta, niño: para lo que sea –sentenció el tabernero.
   –¿Ha preguntado alguien por el barco, Juan? –se interesó Antonio.
   –Se me olvidaba, coño. Mañana vienen a verlo unos hombres de Zahara. Los manda José, el de la Encarnita. Dice que son buena gente. Conocidos de él. Así, que si sales de pesca, tendrás que estar aquí para las ocho. Sobre esa hora llegarán.
   
–No, mañana no saldré. Echaré el tiempo en adecentarlo un poco. A ver si hay suerte.
   –Claro que sí, Antoñito. ¿Cómo no va a haberla? Dios aprieta, pero no ahoga.
   Antonio asintió con la cabeza, más en un gesto de esperanza que de certeza.
   –Todo va a salir bien, ya lo verás –remató el de la taberna.
   Sonó el teléfono dentro de la barra del bar y Juan fue a atenderlo. A Antonio le dio un vuelco el corazón. Estaba esperando la llamada de su hermano, que le hablaría desde lejos, desde el lugar al que había decidido ir él con los suyos. Sabía que todo dependía de esa conferencia telefónica.
   Juan descolgó y se interesó por la identidad del que llamaba.
   –¡Hombre, Pepe! ¿Qué tal, quillo? –preguntó a continuación, y después de oír la respuesta y alegrarse por ello, terminó diciendo: –Me alegro mucho, mi alma. Da recuerdos a la Mari y a los chavales. Se os echa mucho de menos por aquí. Un abrazo, hijo –Y le acercó el auricular a Antonio.
   –Para ti, Antoñito. Tu hermano Pepe.

*** *** ***

   Antonio llegó a casa y antes de entrar, en la misma puerta, se despojó de las botas de goma que llevaba siempre a pescar. Se refrescó las manos y la cara en un barreño lleno de agua que tenían en el patio, y luego se lavó los pies a conciencia. Después se calzó las alpargatas de esparto para estar cómodo.

   –¿Eres tú, Antoñíto? –preguntó su esposa asomándose a la puerta.

   –Sí, Lola. Ya estoy aquí –respondió, y sin pausa preguntó: –¿Y la niña?

   –Hace nada que se quedó dormida.

   –¿Cómo ha pasado el día?

   –Ha tenido un poco de fiebre.

   A Antonio le ardió dentro la fiebre de su hija.

   –¿Comió algo?

   –Poca cosa, la verdad. Sigue desganada. Me costó Dios y ayuda para que se comiera unas pocas de papas. ¿Tú, qué tal la faena?

   –Veintiocho pesetas, y mucho calor.

   –Bueno, anda, menos es nada, Antoñito. ¿Llamó tu hermano?

   –Sí. Acabo de hablar con él.

   –¿Y qué dice?

   –Que nos espera. Que lo tiene todo dispuesto. Que nos vayamos con ellos para el Bierzo.

   Lola agachó la cabeza, para evitar que su Antonio no viera en sus ojos las lágrimas que asomaban.

   –Ay, Antoñito… ¿Qué va a ser de nosotros?

   Antonio abrazó a su mujer, y trató de consolarla, mientras le acariciaba la melena negra y sedosa.

   –No te preocupes. Estaremos bien. Es lo mejor que podemos hacer. Por la niña lo que sea. Ya lo sabes, Lola.

   –Lo sé. Claro que lo sé. Todo sea por ella. Y así debe ser. Que Dios nos ayude, Antoñito.

*** *** ***

   El domingo, 10 de julio de 1966, llovía en la estación de Bembibre. Caían las últimas gotas de una repentina e intensa tormenta de verano. Una mezcolanza de olores impregnó a los viajeros cuando uno de ellos abrió la puerta del vagón, mientras el tren de las seis se aproximaba a su destino. Olía a tierra mojada, a carbón, a brea… Antonio y Lola viajaban en aquel tren. Miraron, inquietos y esperanzados, por las ventanillas del furgón, ansiosos por comprobar que sus familiares les esperaban en el andén. Y allí estaban. Pepe, el hermano de Antonio, fue el primero en verlos antes de que se detuviera el convoy.

   –¡Ahí están! Son ellos –indicó emocionado a su mujer y a sus hijos.

   Pepe comenzó a andar al lado del vagón donde venían sus hermanos y su sobrina, antes de que el tren se detuviera. Con la mano que no sujetaba el paraguas, les saludaba y reía. Tras él iban Mari, su mujer, y sus hijos Francisco y Rocío, de ocho y diez años. Nada más detenerse el tren, Antonio fue el primero en apearse. Pepe le ayudó a bajar las maletas y unas cajas de cartón; a continuación descendieron Lola y Carmencita. Bajo los paraguas de Pepe y Mari todos se fundieron en un cálido y emotivo abrazo, y los besos comenzaron un viaje de ida y vuelta, de una a otra mejilla, al ritmo de las preguntas atropelladas por saber los unos de los otros, por saber cómo les había ido el viaje a los recién llegados, por saber cómo estaban los que los recibían, por admirarse de cómo habían crecido los niños... Hacía más de tres años que no se veían y la añoranza acumulada por la separación durante tanto tiempo dejó paso a la alegría por reencontrarse de nuevo. Las emociones estaban a flor de piel y a Pepe se le escaparon unas lágrimas entre la sonrisa que dibujaba su cara.

   –¡Ea! –Dijo Pepe, dando fin a los saludos–. Ya estamos todos juntos.

   Se repartieron el equipaje entre todos y se dirigieron a la puerta de la estación. Un hombre les salió al encuentro.

   –¿Es usted Antonio Galán Mejía, de Barbate? –preguntó el individuo, vestido con lo que parecía un uniforme gris, y que llevaba una gorra de plato en la cabeza y una carretilla con un pesado embalaje.

   –Sí señor, para servirle a usted –contestó Antonio.

   –Fírmeme aquí. Es la entrega de este paquete que usted facturó en la estación de San Fernando. Tenga cuidado, no se moje el papel.

   –Sí señor.

   –¿Qué traes ahí, Antoñito? –preguntó Pepe a su hermano, mientras éste estampaba su rúbrica en el impreso que le mostró el empleado de Renfe.

   –Ya te contaré –respondió Antonio.

   –Nada que contar, cuñado –intervino Lola–. Tu hermano, que se dio el capricho de traerse el ancla de su barco a esta tierra. Sólo eso.

   –Bueno, no está mal –sentenció Pepe, creyendo comprender el proceder de su hermano pequeño.

   Cuando Antonio negoció la venta de su barco, con los compradores de Zahara de los Atunes, puso como única condición que el ancla de la embarcación no entraba en el trato. Quería llevársela con él, allá donde fuera, y los compradores aceptaron sin más. Ahora, el hombre de la consigna de la estación, le hacía entrega de ella.

   Aquella noche, en casa de Pepe y Mari, en la Villavieja de Bembibre, la sobremesa de la cena se hizo más larga de lo habitual. Una vez acostados los niños, Antonio y Lola conocieron todos los detalles de los planes que sus hermanos habían hecho para ellos, en aquella nueva tierra de acogida, en su nueva vida.

   –Mañana nos esperan en la oficina de la empresa –informó Pepe a su hermano–. Iremos cuando yo venga de la mina. Ya está todo hablado. Te harán un reconocimiento médico y el martes, sin más, te vienes conmigo al tajo.

   Antonio sonrió. Quería empezar cuanto antes a sentirse útil para su familia.

   –Pepe, ¿verdad que la mina es muy peligrosa? –preguntó Lola.

   –No más que la mar, Lola –sentenció Pepe.

   –Ya, pero es que… trabajar allí… tan en lo hondo de la tierra… tiene que dar mucho miedo, Pepe; y yo no sé, si tú, Antoñito… -Lola clavó sus ojos inquietos en los de su marido.

   –Es lo que hay, niña –dijo Pepe–. A todo se hace uno, y a tu marido no le costará habituarse, está acostumbrado a trabajar duro. Además, yo estaré siempre cerca de él. Mira –dijo, poniendo sus manos abiertas sobre la mesa–: estas ya son manos de minero.          Pasaron de la mar al carbón; y aquí están… Pronto, las de Antoñito, serán como las mías.

   –Sabes que confiamos en ti, Pepe, pero tengo mucho miedo, mucho –dijo temerosa Lola.
   –No te preocupes, Lola –intervino Antonio–. Sé que al lado de mi hermano nada malo podrá pasarme. Y la mina no me da miedo.
   –No te inquietes, Lola –le dijo Mari, poniendo la mano sobre el hombro de su cuñada–. Pepe sabrá cuidar de Antoñito.
   –No te voy a ocultar que los primeros días se hacen cuesta arriba –continuó diciendo Pepe a su hermano–. Es duro, para gente como nosotros, de la mar, levantar la vista, allá abajo, y comprobar que no tienes el cielo sobre ti; pero el trabajo no te dejará mucho tiempo para que pienses en nada.
   –¡Ay, Dios! –suspiró Lola, con temor.
   –Estate tranquila –dijo Mari, adivinando la inquietud de su cuñada–. Sé lo que estás pensando. Y sí, Lola, en la mina pasa como en la mar, igual. A diario, las mujeres tenemos que vivir con la incertidumbre de saber si nuestros hombres regresarán sanos y salvos a casa; pero, ¿qué le vamos a hacer? ¿Qué podemos hacer nosotras? Algunas hemos nacido para cargar siempre con esa cruz. Y no es fácil. Nunca te acostumbras. Ellos se juegan el tipo todos los días, y nosotras tenemos que vivir con el alma en vilo. Y tú, Lola, sabes, mejor que nadie, lo que es eso. Lo sabes, muchacha.

*** *** ***

   Antonio no tardó en acostumbrarse a su nuevo trabajo. En verdad que era tan duro y peligroso como se lo había descrito su hermano Pepe, aquella noche en la que llegaron a Bembibre. Hacía ya dos años y medio de aquello. Desde entonces se habían producido cambios en la vida de aquellos hermanos marineros, reconvertidos en mineros. A la familia de Antonio se le había sumado Sagrario, la madre de Lola, que, desde que ellos se fueron de Barbate, no pudo acostumbrarse a la soledad, y mucho menos a la resignación de no poder ver a su nieta enferma, Carmencita. Ahora, Antonio y los suyos, vivían en Viñales, alejados del ajetreo de la capital del Bierzo alto, donde seguía Pepe con los suyos y a los que también se había unido Virginia, la madre de Antonio y Pepe, que como su consuegra había decidido venirse al lado de sus hijos. Viñales era un asentamiento tranquilo, donde Carmencita podía disfrutar de aire puro que le ayudara a respirar mejor. Antonio había construido una casa con el dinero de la venta de la vivienda que Sagrario tenía en Barbate; y ayudó a hacerla imitando a las de su tierra andaluza. Tenía una fachada blanca de cal, repleta de tiestos plantados de geranios, con ventanas enrejadas y un arco en la puerta de entrada. Frente a ella había un amplio patio que daba a la calle, y detrás de la casa, tenía un huerto donde cultivaban unas cuantas clases de hortalizas y verduras. También había construido, junto a la huerta, un gallinero y una cuadra, donde criaba un par de cerdos para la matanza. En el patio de enfrente de la casa, en el césped, Antonio había colocado con celo el ancla que se había traído desde su pueblo marinero. Hundió la cruz del ancla en la tierra y dejó al descubierto el brazo y la caña. Quería ver aquella áncora siempre que entrara y saliera de su casa; y cada vez que la mirase, se convertiría en el recuerdo de su pasado, negro pasado desde el nacimiento de su hija, pero también sería el recuerdo de sus raíces marineras, del modo de vivir de él y de todos sus ancestros; y ahora, que ya no serviría más para fijar su barco al fondo de la mar; para impedir que los vientos lo desplazaran, mientras pescaba; ahora, que ya no anclaría más su embarcación al fondo del océano, para resistir las embestidas traicioneras de las tormentas, mientras navegaba; ahora, lejos de su cometido, aquel ancla, plantada en el patio de su casa de Viñales, se convertiría en símbolo de seguridad, de firmeza, de solidez, en contraposición a todos las circunstancias adversas con los que la vida les iba a regalar. Aquel ancla ya no fondearía más su barco, pero le iba a recordar a Antonio, todos los días, que debía de permanecer firme en su resolución de luchar hasta el fin por la recuperación de su Carmencita.

   Antonio también quiso hacer un tributo a la tierra que los había acogido, y plantó al pie del ancla un acebo; porque le constaba que este árbol había sido, para los anti-guos celtas, moradores de las tierras bercianas, “el Rey Acebo”; y reinaba sobre la parte oscura y fría del año: el invierno; en contraposición al “Rey Roble”, señor de la mitad luminosa y cálida del año. Cuando el roble perdía sus hojas, con la llegada de los fríos, el acebo conservaba las suyas, con su característico verde intenso, y, además, se adornaba de bayas rojas. Igualmente, pensó Antonio, las vidas de él y los suyos habían transcurrido, hasta ahora, en la parte más cálida de España, en el sur, en Andalucía, y desde ahora permanecerían en la parte fría, en el norte, en el Bierzo. El acebo sería la muestra del inicio de una nueva vida, en unas nuevas condiciones. Además, él sabía, porque se lo habían explicado de niño, en la escuela, que el rojo y verde del acebo eran los colores de la vida. Los frutos rojos representaban el nacimiento, y las hojas verdes simbolizaban la tierra. Tierra de acogida, y nacimiento a una renovada esperanza. La conjunción perfecta, pensó.

   – “El ancla es la mar. La que me vio nacer y crecer. Y el acebo es la tierra. La firme y próspera tierra que ahora piso. ¿Qué más me falta? ¿Qué más puedo pedir? ¿Tal vez el cielo? Que el cielo tarde en acoger la llegada de mi hija”.

   Pero el cielo no estaba por la labor de escuchar las súplicas de Antonio, y en el final de aquel año, Carmencita, empeoró. Aquel invierno de 1968 fue especialmente crudo en todo el Bierzo, pero no fue el frío la causa última del empeoramiento de Carmencita. Por medio mundo se extendió como un reguero de pólvora una devastadora epidemia de gripe. Los expertos la llamaron Gripe de Hong Kong; y al final de aquel 1968, iba a dejar centenares de miles de muertos en todo el mundo, y sus consecuencias también las sufrió la infeliz Carmencita.

   Desde los primeros días de noviembre, la niña contrajo la gripe y se le agudizaron los síntomas de su enfermedad. Mientras Antonio se comía las entrañas, dentro de la mina, pensando en lo que podría estar pasando en su casa, Lola y su madre recorrían, en taxi, unas veces, las otras en tren o en autobús, con la niña en brazos, todos los médicos y especialistas que les recomendaron en el Bierzo, en León y en Asturias. Y de todos obtenían la misma y fatal conclusión: la niña se muere.

   Para Antonio y Lola ya no había consuelo en el mundo que pudiera mitigar el inmenso dolor que les producía aquella situación. El irremediable desenlace estaba próximo y todas las esperanzas de una posible recuperación de su hija se esfumaban mientras la veían sufrir, comprobando que su vida se apagaba a cada instante. Sólo les quedaba rezar, y pedir a Dios, y a la virgen del Carmen que su hija no padeciese tanto como estaba padeciendo en el final de su existir. Que la Virgen le otorgase un tránsito sin sufrimiento hacia su encuentro en el más allá, porque ya no había remedio para su mal. El fin de Carmencita era inminente.

   A mediados de diciembre todo el mundo, del entorno de los barbateños, sabía de la situación que se estaba produciendo en casa de Antonio y Lola. Todos eran conscientes de lo que estaba sufriendo aquella familia; y ya nadie, ya fuesen vecinos, amigos, conocidos, compañeros de mina, se atrevían, tan siquiera, a ofrecerles unas palabras de ánimo o de consuelo. Tal era el abatimiento que el rostro y el ánimo de aquellos padres reflejaba. Tal el dolor que se adivinaba tras las palabras pronunciadas al hablar de su niña. Antonio y Lola habían desistido en el empeño de que la niña fuese consultada por ningún médico más. Ninguno le había dado esperanza alguna, y todos aconsejaron que dejaran de luchar y se ahorraran el trajín de traer a la niña de acá para allá, en busca de un remedio que no existía. Ellos terminaron por aceptar lo inaceptable. ¿Qué otra cosa podían hacer? Esa era la pregunta que oprimía las sienes de Antonio. ¿Qué otra cosa? ¿Qué?

   – “Nada, hijo –le dijo don Aurelio, el párroco de Viñales–.   Encomendaros a Dios y rezar mucho; y cuando el médico lo crea conveniente, mándame recado para que vaya a impartirle los santos óleos”.

*** *** ***

   El martes, 24 de diciembre de 1968, a las nueve y cuarto de la noche, don Laureano, médico de Bembibre, entró en casa de Antonio y Lola. Sabía que esa sería la penúltima vez que vería a la niña. La última iba a ser cuando tuviera que redactar el acta de defunción de la pequeña. Carmencita dormitaba en su cama, bañada en un mar de sudor. Su madre, sentada a su vera, luchaba infructuosamente por secarle la frente y la cara con paños húmedos. Antonio, del otro lado del lecho de la niña, acariciaba entre sus manos la mano inerte de su hija. Antonio y Lola se tragaban las lágrimas, por que no querían que los viese Carmencita llorar. Aunque la niña ya no podía ver nada, oír nada. Las abuelas, Sagrario y Virginia, permanecían de pie, frente a la cama, junto a Pepe y Mari, rezando para sí, portando cada una un rosario de cuentas de azabache en las manos, con la imagen de la Virgen del Carmen. Carmencita respiraba muy despacio y entrecortado, que todos pensaban que en cualquier momento dejaría de hacerlo. Su piel tenía un pálido color azulado. De cuando en cuando, la niña, se estremecía, movida por el empuje de la tos lastimera que luchaba por salir de sus destrozados pulmones. Entonces, Antonio, sujetaba con firmeza la mano de su hija para que no se le escurriera de las suyas. Y Lola, aparentando serenidad, sentía desgarrársele el corazón dentro de su pecho de madre, mientras recogía en una toalla las secreciones sanguinolentas que Carmencita arrojaba con cada ataque de tos, y luego, cuando la niña volvía a aquietarse, continuaba secándole el sudor de la cara y comprobando con la palma de su mano la temperatura de la frente ardiente de su hija, hasta que un nuevo espasmo, provocado por la tos incesante, hiciese aparición, otra vez.

   Don Laureano, el médico, sugirió que lo mejor era que todos, menos Lola, salieran de la habitación. Cuando quedaron solos los tres, extrajo el fonendoscopio del maletín y auscultó a Carmencita. Al acabar la exploración, le tomó el pulso y preguntó a Lola por los síntomas que había padecido la niña en las últimas horas. Mientras escuchaba a la madre relatar los padeceres de su hija, inspeccionó las secreciones depositadas en la toalla. Después de tomarle la temperatura con un termómetro, inyectó un sedante en el brazo de Carmencita, y una vez recogido todo el instrumental en el maletín, le pidió a Lola que continuase dándole la medicación prescrita con anterioridad, y haciendo un gesto de negación le confirmó lo que ella ya sabía:

   –Sólo es cuestión de tiempo, Lola. Pero no te preocupes, la niña ya no es consciente de nada. No sufre.

   Don Laureano se despidió de Lola, y al salir de la habitación las lágrimas hicieron aparición en los ojos de la mujer, traicionando la voluntad de aquella madre destrozada, pero se apresuró a quitarlas de su rostro con las mangas de su vestido, y volvió al lado de su hija, para continuar con su labor abnegada.

Fuera, en el salón, al calor de la chimenea encendida, Antonio y su familia esperaban la salida de don Laureano. Todos se engañaban a si mismos, esperando una noticia alentadora de la boca del médico; pero don Laureano no podía decirles más que la verdad: la niña no pasaría de aquella noche.

   –Lo mejor será que aviséis ya al cura. Yo no puedo hacer nada más. Lo siento.

   Antonio acompañó al médico hasta la calle, y antes de despedirle, volvió a preguntarle, ahogando sus lágrimas; sabiendo de antemano la respuesta:

   –¿Qué podemos hacer, doctor?

   –Nada, Antonio. Nada.

   Y Antonio se derrumbó. La conmoción estalló dentro de él y un reguero de lágrimas afloró inundando sus mejillas. No había ser humano que pudiera soportar lo que él estaba soportando.

   –¿Por qué, doctor? ¿Por qué tiene que ser ella? Es una niña. Sólo una niña. Sólo tiene siete años. Le queda toda una vida por delante. Es tan pequeña, doctor. ¿Por qué, doctor? ¿Por qué no soy yo el que se vaya? ¿Por qué mi hija, doctor? ¿Por qué? ¿Por qué, doctor? Dígamelo usted que sabe de esto. Dígamelo, por Dios. Dígamelo, doctor.

   A don Laureano sólo le quedaba tragarse sus emociones y aparentar entereza para tratar de responder a aquel padre desgarrado de dolor, y decirle que nadie, ni siquiera él, tenía respuestas a sus preguntas.

   –Antonio, Dios lo ha querido así. Nosotros no podemos hacer nada más. Sólo Él puede obrar milagros.

   –¿Qué clase de Dios es ese que permite que una inocente niña muera? ¿Qué clase de Dios es, doctor? Dígamelo. ¿Puede usted decírmelo? ¿Puede decírmelo?

   –No puedo, Antonio. Yo no estoy capacitado para eso. Vuelve dentro con los tuyos y acompaña a tu hija en estos últimos momentos. Tu mujer te va a necesitar. Sé fuerte y ayúdalos a todos. Yo estaré en casa, a vuestra disposición. Adiós, Antonio.

   –Adiós doctor –respondió Antonio, más sereno-, y gracias por todo. Perdóneme si le he molestado con mis tonterías.

   –No son tonterías. Entiendo que te estés comiendo por dentro. Que las preguntas te ardan en el corazón, y que las dudas asalten tus pensamientos. Y está bien que te desahogues, Antonio. Te vendrá bien que llores. Llora todo lo que quieras. Desahógate. Lo único que siento es no poder serte de más utilidad. Lo siento de verdad. Adiós, Antonio.

   –Adiós, doctor.

   Y Antonio se quedó solo, viendo partir al médico en su coche. Y alzó su mirada al cielo, y el cielo estaba cubierto por la noche y por nubes grises y negras, y Antonio se imaginó otro cielo, azul, transparente, limpio; y se vio a si mismo, bajo aquel cielo inmaculado, subido en su barco, sumido en una inmensa paz, sintiendo los rayos de sol sobre su cara, notando el vaivén de las olas bajo él, oliendo a mar, a su mar, a su inmensa mar. Instintivamente volvió su mirada al ancla que tenía en el patio y todos sus sentidos regresaron a la cruda realidad del nefasto presente. Y sintió la necesidad de tocar aquella ancla, aquella cruz invertida, para pedirle, para rogarle, para suplicarle por la vida de su Carmencita. Y Antonio se arrodilló frente al ancla y la acarició, como siempre había acariciado el manto de la imagen de la Virgen del Carmen, en la iglesia de su Barbate, y rezó una Salve marinera. La que siempre rezaba antes de embarcarse rumbo a las aguas pro-fundas de la mar. La que rezaba todos los días, camino de la mina.

Cuando terminó la oración, Antonio se puso de pie y, de no ser porque la emoción le embargaba, y sus percepciones debían estar alteradas, habría jurado que el acebo plantado al lado del ancla, era más alto de lo que él creía, mucho más alto.

Antonio hizo caso al médico y fue en busca del párroco del pueblo. Era la hora de encomendar el alma de Carmencita a Dios.

*** *** ***

   Cuando don Aurelio, el párroco de Viñales, entró acompañado de Antonio en el dormitorio de Carmencita, todos los presentes irrumpieron en un llanto incontenido. La presencia del cura era la confirmación inequívoca de la partida de la niña al encuentro con el Hacedor. Don Aurelio obró con naturalidad el sacramento de la extremaunción sobre la niña, y a un ruego suyo todos se arrodillaron y rezaron entre lágrimas. Después bendijo a los presentes y se fue. Antonio salió con él a la calle.

   –Bueno, hijo –le dijo don Aurelio–, la niña ya está en manos de Dios. No llores, porque sólo los inocentes como tu hija pueden gozar de su presencia. Queda con Dios y que él os dé entereza de ánimo en estos difíciles momentos.

   Antonio besó la mano del cura y le dio las gracias por lo que había hecho.

   –Resignación, Antonio. Desgraciadamente tendremos que volver a vernos pronto.

   Y don Aurelio se fue, cuando la campana del reloj de la torre de la iglesia de San Pedro, en Bembibre, empezó a tocar la primera de las doce campanadas de aquella hora. El tañido podía oírse en Viñales. De algún lugar cercano le llegaron a Antonio sonidos de villancicos. “Qué injusto es el mundo”, pensó. “Mientras unos celebran con alegría la Navidad, otros tenemos que sufrir el terrible momento que estamos pasando. Mientras unos se alegran por el nacimiento del niño Dios, nosotros tenemos que prepararnos para despedir para siempre a mi hija”. Entonces Antonio volvió a mirar el ancla del patio, pero, inexplicablemente, ahora sólo pudo ver parte de ella. La mitad se había incrustado en el tronco del acebo, que había vuelto a crecer de manera extraordinaria, y en su crecimiento había engullido parte del ancla. Antonio quedó perplejo. Aquello desbordaba los límites de su entendimiento. Por un instante creyó que se estaba volviendo loco, que el dolor por la pérdida de su Carmencita estaba alterando sus sentidos.

   –Antonio, ven. Entra en casa.

   Su hermano Pepe le reclamaba desde la puerta. Y Antonio entró. Intuyó que el fin había llegado para su hija.

   –¿Qué pasa, Pepe? –Preguntó a su hermano. Preparándose para lo peor.

   –Ven, mira.

   Los dos entraron en la habitación de la niña. Las abuelas, la madre y la tía de su Carmencita rodeaban la cama y miraban incrédulas a la niña. Carmencita estaba sentada sobre su lecho de muerte, y al ver entrar a su padre le dirigió una sonrisa.

   –Ven, papá. Quiero darte un abrazo.

   Antonio no podía dar crédito a lo que estaba pasando. Su hija, su Carmencita del alma, estaba consciente, despierta, y respiraba bien, y su piel era sonrosada, como la de cualquier niña, y le hablaba sin entrecortarse porque la tos había desaparecido, y la niña le sonreía, y le abrazaba.

   –Hija mía. Hija mía. Estás bien.

   –Sí papá. Ya estoy bien. La Virgen del Carmen me dijo que hoy sanaría, que hoy volvería a nacer, como su niño Jesús.

   –Es un milagro, Antoñito –dijo Lola.

   –Sí, lo es. Lo es. Yo lo sabía. Lo sabía. Venid, venid todos conmigo.

   Antonio cogió a Carmencita en brazos y los demás salieron tras él al patio de la casa.

   –Mirad el ancla, ya no está. El acebo se lo ha tragado.

   En efecto, el ancla había desaparecido por completo y en su lugar se alzaba majestuoso el acebo; rebosante de bayas rojas que brillaban en la penumbra de la noche como bombillas de un árbol de Navidad. El milagro se había obrado y Carmencita había sido rescatada de los brazos de la muerte, para alegría de sus padres y de toda su familia. Pasó, en realidad, en la Navidad de 1968, en Viñales, en el Bierzo. Y hoy, si preguntas en el pueblo por el acebo que un día plantó Antonio, el barbateño, en el patio de su casa, los vecinos te lo enseñarán con agrado. Y cuando lo veas, acuérdate de que en su interior alberga un ancla, y que los milagros ocurren siempre por Navidad.

Fin.

© Nicanor García Ordiz, Navidad de 2009.

Qué pena, muñeca.


25 de noviembre de 2009. 19:41H. Casa de Las Culturas. Bembibre. Exposición Muñecas Rotas, de Blanca Porro, mujer sensible donde las haya.

Os miro de cerca, disponiendo entre todas el cuerpo incorruptible de una acusación. Yacéis víctimas dentro del ataúd de madera, y os mostráis al mundo en la esperanza incierta de obtener una mirada de los que ven y sienten para que sepan de los motivos de vuestra última razón. Y esperáis que en vuestro descanso eterno, la tapa que os cubra, compuesta de motivos y denuncias no se descomponga con vosotras, que a ellas, las delaciones, no las cubra la oscura tierra, la oscura indiferencia, y griten, si así fuere, desde lo hondo del subsuelo, para que sus voces sean vuestro penúltimo eco. Y qué pena que vuestro canto mudo sólo sirva para inquietar conciencias de los que os conciben, de los que os comprenden; y sin embargo, los que os hicieron esto, aquéllos, los que os anularon, los que os hirieron, los que os lincharon, no tienen sombra, no tienen miedos… Qué pena, muñeca.


© Nicanor García Ordiz, 2009.

Una de risa


Si viniese alguien y me lo dijera, así, de repente, sin más; le diría que se hiciera mirar lo suyo, que se dejara de bobadas y que esperara al día de los Inocentes para ir con el cuento a otro. Pero resulta que no me lo ha dicho nadie, no, que lo he visto yo con estos ojos que se han de quemar en la hoguera del crematorio; que me tuve que sentar para no caerme de bruces y partirme los piños contra el frío suelo de la cocina, mientras lo veía en las noticias de las tres, en la tele. Y recuerdo la cara de estupefacción que se me puso mientras miraba aquellas imágenes a todo color, y escuchaba la voz en off que las comentaba. Y allí estaba yo, sentado, en la silla en la que habitualmente me siento a la mesa a desayunar, a comer, a cenar, tratando de digerir, entre incrédulo y divertido la noticia. Y ahora, como entonces, me desternillo de risa. Y tengo que confesar que, entonces, como ahora, río por no llorar. Y no es que no me apetezca desahogarme llorando a moco tendido, que sí que me apetece, y la noticia se valía por sí sola para hacer que se me soltaran las lágrimas; pero ahora, como entonces, me inclino por catalogarla como tragicómica, y prefiero mirar el lado gracioso de la misma, evitándome así morir ahogado en mi propio llanto. Y como sé que a estas alturas del cuento te estarás preguntando qué noticia fue ésa que me causó tanta sensación, te la voy a contar.
Poco más o menos venía a decir que: se había hecho público que un equipo de antropólogos de la universidad de Iowa (Estados Unidos), había descubierto, hacía varios años, una tribu salvaje en la selva amazónica, y que sus miembros contaban con una edad evolutiva anclada en lo que, en términos de nuestra civilización, sería la edad media. Es decir, con una mentalidad y unas costumbres de hace nueve siglos.
Perplejo me quedé, pensando que aún en nuestros días pueden darse estos desajustes. Pero la cosa continuaba, y decía que: después de años de convivencia entre los científicos y la tribu amazónica, un grupo de hombres de estos últimos, secuestraron, a plena luz del día, a una de las vacas que los antropólogos llevaban en la expedición, a modo de fuente de alimentación; ocultándose, hombres y rumiante, en la espesura de la selva.
Los antropólogos, ante semejante afrenta, dieron parte a las autoridades de su país, ordenándose, desde la Casa Blanca, la inmediata intervención en el conflicto del Cuerpo de Marines. Los militares desplegados en la zona, lograron capturar a uno de los secuestradores, y éste fue llevado a Washington para ser juzgado y castigado por lo que suponía, a todas luces, un evidente delito contra los intereses norteamericanos.
He de advertir, querido lector, que llegado a estas alturas de la noticia yo ya había pasado de la incredulidad a una risa floja, y ésta se acentuó ante la imagen del desdichado indígena, vestido para asistir ante la Corte Suprema de los Estados Unidos de América, con un taparrabos propio y una corbata, de seda italiana, prestada. Y allá iba, con cara de no entender nada de lo que estaba viviendo, esposado de pies y manos, subiendo la escalinata del edificio del Alto Tribunal norteamericano, rodeado de policías, periodistas, reporteros y leguleyos, al encuentro con el juez y su destino.
Surrealista, ciertamente. Yo, como te dije, me tuve que sentar para no caerme. Pero lo que hizo aflorar otra vez mi perplejidad, hasta límites rayanos con el espasmo, fue el oír decir a la voz en off, la decisión que había tomado el magistrado encargado de abrir diligencias contra el secuestrador, el Juez de la Corte Suprema señor Johnson Smith, al parecer primo hermano de un afamado directivo de la NASA. El magnífico señor Smith no sabía si enviar al capturado a una cárcel de hombres, o si, por el contrario, enviarlo a una de mujeres, pues, según él, al carecer el secuestrador de cualquier documento de identidad acreditativo de su condición sexual, despertaba serias dudas, por lo que, ante la incertidumbre, optó por enviarlo a la Penitenciaría Estatal Fox River, donde ordenó se habilitara una celda exclusiva para el asexuado.
A estas alturas de la noticia yo ya me había soltado el cinturón del pantalón, so pena de reventarlo con los espasmos del ataque de risa que tenía.
Por otro lado, continuaba la noticia, como la vaca aún seguía en poder de los sublevados de la tribu amazónica y éstos amenazaban con ordeñarla hasta dejarla seca, si los americanos no les devolvían a su colega, el presidente Obama, contrario a resolver los conflictos internacionales por la fuerza, al igual que todos sus antecesores en el cargo; decidió enviar a la señora Secretaria de Estado, Hillary Clinton, a negociar con el jefe de la salvaje tribu amazónica, apara que éste hiciese gestiones ante los sublebados cuatreros-secuestradores.
El caso es que las negociaciones de la señora Clinton con el mandatario amazónico, fueron, en palabras de un portavoz de la Casa Blanca, un contundente éxito, pues a cambio de unos pocos pantalones vaqueros, para cada uno de los miembros de la tribu y la promesa de devolución a su pueblo del asexuado secuestrador capturado, los salvajes devolvieron la vaca a sus descubridores: los antropólogos de Iowa, y éstos regresaron a su país, con la seria advertencia, por parte de su presidente Obama, de que no volvieran a salir de casa sin su constitucional pistola.
Y casi terminaba la noticia diciendo que: este desagradable acontecimiento había dividido aún más a la clase política norteamericana, hasta el punto de que los Republicanos habían solicitado al presidente Obama la convocatoria inmediata de elecciones anticipadas, a la vez que exigieron al mandatario norteamericano que, de forma inminenete y solemne, nombrasen a la vaca,  víctima del atroz secuestro y por fin recuperada, Senadora Vitalicia.
Y la voz en off terminaba diciendo que: por su parte, los indígenas amazónicos, sabedores ya de que las vacas dan una leche blanca y muy nutritiva, habían abandonado la selva y se apostaron al lado de una carretera transitada por los ganaderos norteamericanos camino de la feria. Por lo que pudiera pasar.
¿Qué te parece, eh? ¿A que ya te has sentado?


© Nicanor García Ordiz, 2009.

Pesar de los pesares



   Sombra negra de raíz clavada en el alma. Estaca podrida hundida en mi corazón.
   Plomo en las venas, sabor amargo, dolor punzante. La mirada hundida, los labios sellados, me arde la vida.
   Noche cerrada, lluvia que hiela, viento que quema, filo que siega: pena.
Pasos perdidos, camino al infierno, llanto en el cielo, perdón al ahorcado, congoja bullendo; amor al pecado, nostalgia del tiempo, destierro al recuerdo, quebranto del llanto, angustia y miedo, mucho miedo.
   Me miro, no te veo, sufro y padezco. Pesar de los pesares, ardo en deseos, me come el recuerdo.
   Vidrio roto, cárcel de pasión, hambre de tu cuerpo, sed de tus besos, antojo de lo hecho: mi boca en tu sexo, en mi lengua el néctar de tu deseo, ebrio de tu fuego. Sueño tu vientre y todo tu cuerpo, me entretengo, dulcemente, en los pezones de tus pechos. Besos viejos, besos tiernos, besos nuevos, aprendidos de repente.
   Emoción primera, frenesí ausente. No te tengo, muero. Llama en la frente, hielo que me abrasa, pasión hiriente, ímpetu desbordado, muero por tenerte.


© Nicanor García Ordiz, 2009.