Un nido de ángeles



BEMBIBRE: Villa de la Prov. de León,
capital del Bierzo alto, p.j. de Ponferrada,
con 10.136 h. Asentada en la margen de-
recha del río Boeza, a 653 m. de altitud;
distante 105 Km. en línea recta del mar
Cantábrico, en la Prov. de Asturias.
… … …

   Un repeluzno que erizó cada pelo de su cuerpo arrancó a Gregorio del sopor. Se ovilló más todavía, tratando por todos los medios de quitarse de encima aquel frío húmedo que se había pegado a su piel como una sanguijuela hambrienta. Llevaba tres horas acostado, dando vueltas sobre el jergón tirado en el suelo, sin poder conciliar el sueño; acurrucado sobre sí mismo, luchando contra el insomnio y el frío.
   La raída manta que le tapaba era a todas luces insuficiente protección contra el gélido tormento que acosaba su tranquilidad. Cubrió con las manos sus orejas apergaminadas por la atmósfera glacial de la noche, mientras maldecía su mala estrella. Un nuevo escalofrío recorrió su espina dorsal, fue el detonante que hizo saltar un resorte invisible dentro de Gregorio. Con un gesto brusco apartó de sí la paupérrima manta que le cubría y se incorporó. Fue hacia la ventana, bostezando. De un manotazo descolgó la cortina agujereada por los mordiscos de los ratones y se la echó sobre los hombros. No le importó lo más mínimo la mugre que albergaba el cortinaje, cualquier cosa que pudiera apartar de él aquella tiritona sería bien recibido, por muy sucio que estuviera.
   Pegó su nariz a los polvorientos cristales del ventanal y miró fuera. El cielo seguía encapotado, amenazando más lluvia. Los raíles de la vía, abrillantados por la lluvia, transcurrían relucientes bajo las luces de las farolas, a los pies de la casa de Gregorio, alineados en los andenes de la estación de Bembibre.
   Gregorio volvió a bostezar, ahora tan intensamente que creyó que se le iba a desencajar la mandíbula. Caminó al otro lado del cuarto y encendió la vela que tenía en el suelo, al lado del camastro. Una luz tenue alumbró la estancia. El jergón tirado en el suelo era todo el mobiliario de la habitación, eso y un maltratado baúl de madera donde Gregorio guardaba sus escasos avíos; lo abrió y rebuscó entre los harapos allí almacenados, queriendo encontrar algo de más abrigo que llevarse al cuerpo. Mientras maniobraba dentro del baúl reparó en la silueta que la luz de la vela dibujada en la pared. Era su sombra. Fiándose de la imagen de la pared, sin mucha pericia, coqueteando consigo mismo, trató de recomponer sus enmarañados cabellos con los dedos. Cuando se vio acicalado, siguió afanado en su busca dentro del baúl y unos desdibujados calcetines de lana y una bufanda gris fue todo el botín que logró rescatar de entre el amasijo de andrajos del arcón.
   Se puso los calcetines sobre los que ya llevaba puestos y se enrolló la bufanda al cuello. Reclinado ante la vela se calentó las manos en la pobre llama. Notó el aliento cálido del fuego meterse poco a poco dentro de él y se sintió engañosamente aliviado. De sobra sabía que el remedio de la vela no era la definitiva solución a su friático mal, pero menos era nada.
   Se movió despacio, tratando de conservar aquel calorcillo el mayor tiempo posible dentro de sí; recogió la manta del suelo y se arrebujó en ella, se recostó en el catre, no apagó el cirio por no moverse más. Aquella luz mortecina podría ser buena compañera de su duermevela.
   La cera se fue consumiendo, al tiempo que la consciencia de Gregorio. Después no escuchó el tren de mercancías que pasó puntual a las dos treinta, bajo su ventana. Ya era presa del sueño.
… … …


   Hacía casi dos años que Gregorio se había instalado en aquella casa abandonada del otro lado de las vías, frente a la estación de tren de Bembibre. Oyó hablar de ella en un bar de tapeo que él frecuentaba a la hora de la ronda de vinos. No lo dudó. Llevaba mucho tiempo deambulando de un sitio para otro, durmiendo en el primer rincón donde le sorprendiera la noche o el sueño. Cualquier lugar le había servido de cobijo desde que se fue de junto a su hermana, pero tenía ganas y necesidad de instalarse en un alojamiento fijo y seguro. Aquella casona abandonada era mejor que todo lo que había tenido hasta entonces y la quería como si fuera suya propia.
   La casa no es que estuviera muy mal, al menos ahora. Cuando el último guardagujas de la estación la hubo abandonado, por cambio de destino, y los chatarreros hubieron sacado provecho de todo lo aprovechable que quedó dentro, sirvió para que los chiquillos del barrio trastearan bajo techo. Hubo algún otro indigente que cobijó temporalmente allí sus huesos. Parejas de novios hicieron de aquella casa sola nido de amor, donde dar rienda suelta a sus ansias sexuales, ocultos de todo el mundo. Sirvió el suelo de improvisado retrete a transeúntes apurados, y las paredes de lienzos donde aprendices de pintores dibujaron toda clase de bocetos impúdicos y obscenos, acompañados de su correspondiente mensaje escrito y rúbrica. Algún exaltado imitador de Sansón había hecho prácticas de demolición en un par de tabiques, pero cuando Gregorio la hubo adecentado con esmero volvió a estar habitable.
   Era aquella, casa de dos plantas y desván. En la de debajo estaba la cocina, de la que tan sólo se conservaba el hueco de una alacena empotrada. También quedaban restos de lo que había sido un cuarto de baño: unos cuantos azulejos mal pegados en las paredes y las hendiduras por donde pasaron las cañerías.
   Un cuartucho, bajo las escaleras, servía a Gregorio como leñera. Eso era todo lo que había en aquella planta. Arriba, formando el segundo piso, una gran sala y dos habitaciones, y un pasillo que cruzaba de punta a punta y en cuyo final, en el techo, estaba la trampilla que daba paso al desván.
   Al pobre de Gregorio le sobraba casa. Él sólo hacía vida en la sala grande y en uno de los cuartos de la planta superior, donde tenía el jergón que se trajo de casa de la hermana, y el baúl, que perteneció al último inquilino legal de la casona y que, milagrosamente, y por pesado, nadie se había llevado de allí.
   En el suelo de la gran sala, cerca de una de las ventanas, había colocado Gregorio unos ladrillos refractarios, sobre los que hacía lumbre para cocinar y calentarse, siempre y cuando contara con leña para ello. En un vertedero, a las afueras de la villa, junto al río Boeza, se hizo con una mesa y un par de sillas, cosas más que suficiente para amueblar la estancia. Cuando tenía algo que llevarse a la boca, se defendía con unos pocos enseres de cocina que distrajo de algún bar y que guardaba envueltos en una raída servilleta de lino.
   Pese a la precariedad, las inconveniencias e incomodidades, aquella casona se había convertido en el hogar de Gregorio; era parte de sí mismo, de su vida, de su miseria.
.. … …

Se despertó temprano, sintiendo que la columna vertebral se le había transformado en una barra de puro hielo. Era víctima de una tenaz tiritera, soltaba vapor por la boca, como una vieja locomotora; los dientes le castañeteaban fastidiosos. Se apelotonó, apretando cada uno de sus ateridos músculos contra sí; se cubrió la cabeza con la cochambrosa cortina y la ajada manta; alentó el aire templado de sus pulmones bajo la frezada, tratando de caldear el friático fardo en que se convirtió su cuerpo sobre el catre. Era un feto en el vientre gélido de aquel cuarto.
   Después de permanecer un rato en aquella posición, avahándose bajo la cubierta de mala tela, cuando parecía que su sangre comenzaba a templarse, notó que sus sentidos se le obnubilaban. Sobresaltado, comprendió que aquel obscurecerse de su consciencia no se debía a la natural relajación ante la llegada del sueño, sino que era producto del atontamiento que provoca la falta de oxigeno. Se destapó la cabeza rápidamente, para poder tragarse de golpe todo el aire puro del exterior, y después de varias bocanadas, entre espasmos y toses, recobró la sensibilidad que le faltaba.
   La mañana era fastidiosamente fría. Una neblina llorona se había adueñado del amanecer. Gregorio se asomó a la ventana y apenas pudo ver los raíles de la vía muerta que pasaban muy junto a la casa. La niebla se había tragado el mundo y no podía verse más allá de un palmo de las narices de cada cual. Blasfemó, ante tal panorama. Después, resignado, se frotó fuertemente la cara con las manos, hasta que recobró el habitual color sonrosado de sus mejillas, se esmeró en retirar del borde de los párpados las legañas que se le habían formado durante el sueño; bostezó y un traidor escalofrío recorrió su espina dorsal, se le erizaron los pelos de su aterido cuerpo, maldijo su mala suerte y comenzó a andar. Era lo mejor que podía hacer para alejar de sí el frío y la desgana que empezaba a inundarle. Optó por bajar a la leñera, en busca de algo para quemar. Encontró unas páginas de periódico y unos carcomidos cartones de lo que había sido una caja de galletas. Suficiente para encender el fuego, pero escaso para mantenerlo largo tiempo ardiendo, como él pretendía. Necesitaba madera. Blasfemó otra vez y renegó de su mala estrella. Pensó en su maldita existencia y se sintió el hombre más desdichado del planeta. Nada le salía bien y estaba convencido de que algo o alguien, con influencia en los designios de los demás, había maldecido la hora en que nació. No era justo que tantos despropósitos se cebaran con él. Que todas las calamidades del mundo se pegaran a él como una sanguijuela hambrienta. Gregorio, emocionado, se paró a recordar que toda su vida había sido un rosario de adversidades. Desde que tenía uso de razón todo le había salido mal. Siendo muy niño sus padres le abandonaron, junto con su hermana, en el hospicio de Astorga; comenzando así su desgraciada carrera por este valle de lágrimas.
   Tristes recuerdos tenía de aquel hospicio, donde fue víctima de las burlas y mofas más crueles, más descarnadas y despiadadas a las que un niño puede ser sometido por parte de sus compañeros y de unos educadores ruines y despiadados, y todo porque nació tartamudo. Pasó allí, en aquel orfanato de la capital maragata, más hambre que las pulgas de Rocinante y recibió más malos tratos que nadie conocido; daban fe de ello su merma física y una cicatriz que le dividía en dos el labio superior. Una tarde, una de tantas eternas tardes de hambre y piojos del hospicio, le comunicaron que iba a ser adoptado por un matrimonio sin hijos; buena gente, le aseguraron. Tenía Gregorio once años, y creyó que al fin su vida cambiaría para mejor, pero todo fue una candorosa ilusión.
   Le convirtieron en bestia de carga, al servicio de los intereses de unos mal llamados padres. Sin escrúpulos le exprimieron su adolescencia, haciéndole trabajar hasta la extenuación. Siguió pasando hambre y sufriendo el menosprecio de todos. Separado de su hermana, el recuerdo de ésta y las escasas cartas que recibía desde el hospicio, donde ella permanecería hasta que cumpliera la mayoría de edad, era lo único que le reconfortaba en sus horas más bajas.
   Pasó el tiempo y Gregorio se convirtió en un joven taciturno y me-lancólico, receloso de todo y todos, marcado con el estigma de los incom-prendidos y despreciados; viviendo en un ambiente cínico y despiadado, rodeado de seres implacables e indolentes que le repudiaban por su tartamudez.
   El servicio militar fue, a su pesar, la cosa más parecida al orfanato que se pudo encontrar. Otra vez las mofaduras y rechiflas; aumentadas, si cabe, porque, Gregorio, tenía el carácter más amansado que de niño y ya no se rebelaba ante los guasones que le zaherían. Éstos, tomándole por imbécil, solían propasarse con él sin piedad.
   Terminada la mili regresó al pueblo y se vio obligado a marchar de casa de sus adoptivos padres. Su lugar había sido ocupado por otro muchacho, hospiciano, igualmente, que le reemplazó casi desde el mismo día de su partida a cumplir con la patria.
   Recibió Gregorio, por los servicios prestados a sus “magnánimos padres” durante tantos años, una recomendación redactada por el párroco del lugar. El salvoconducto le sirvió para conseguir trabajo en una mina de carbón de la cuenca minera del Bierzo alto, lejos del pueblo maragato donde vivió con aquella pareja de “benefactores”.
   Gregorio se convirtió así, de la noche a la mañana, en minero, y aún lo sería hoy, de no ser por un accidente que sufrió en la negrura del pozo.
   Pudo recobrar, en su época de minero, parte del prestigio y del crédito que como persona le habían negado hasta entonces. En la mina, al principio, también pasó lo suyo. Sabida es la socarronería que adorna el talante de los hombres de la mina, pero también se conoce la solidaridad que impera en su ánimo; así que, superadas las primeras desconfianzas, fue aceptado y respetado por sus compañeros. Fue la mejor etapa en la vida de Gregorio. Por aquel entonces su hermana se había casado, pero rápidamente enviudó; entonces él la reclamó a su lado y ella acudió. Alquilaron una casa en el centro de Bembibre y cuando todo parecía ir a las mil maravillas, ocurrió el accidente de él en la mina. Casi no lo cuenta, pero salvó, quedó incapacitado para el trabajo y con el dinero que le dieron en la mutualidad compró la casa donde vivían. Su inactividad laboral le llevó a frecuentar los bares, para no aburrirse, hasta que se convirtió en una fatal costumbre y terminó por hacerse un adicto al vino. Permanecía más tiempo borracho que sereno y aquellos constantes estados de embriaguez agravaron la tartamudez de Gregorio y forjaron en él una reputación de borrachín que ya nunca le abandonaría. Volvió a convertirse en carnaza para mofadores. Su hermana, aburrida y desconsolada, buscó refugio en los brazos de otro hombre, que la colmó de palizas y sexo. La pareja de tórtolos acabó por largar al pobre Gregorio de su propia casa y, por si todo esto no bastara, ahora no tenía leña para el fuego. Demasiada afrenta a su condición de ser humano.
   Recurrió a su plan de emergencia para casos de perentoria necesidad. Subió al piso de arriba, arrastró el viejo baúl a lo largo del pasillo, hasta situarlo bajo la trampilla del desván, lo colocó de canto, para poder llegar más alto, y se subió en él. Abrió la portezuela del techo. Se despojó de la cortina y de la manta que le abrigaban y se encaramó al desván.
   La escasa luz que entraba por el lucernario del tejado era, a duras penas, suficiente para iluminar todo aquel guardillón. Gregorio se movió despacio sobre el destartalado suelo de madera. Pronto hubo acostumbrado sus ojos a la penumbra del lugar. Fue hasta el fondo y comenzó la faena: tenía que desclavar varias tablas del suelo que le sirvieran para aprovisionar el fuego durante todo el día. Las primeras maderas casi no opusieron resistencia, pero fue aquella última la que, haciendo rechinar sus clavos, se negaba a ser separada de la viga. Gregorio se tuvo que aplicar a fondo para lograr su propósito. No tenía ninguna herramienta con la que trabajar, así que empleó con destreza sus manos. Se ayudó de una retahíla de palabras entrecortadas, apenas inteligibles; injuriosas, sin duda. Hizo bajar del cielo todo lo humano y lo divino, se acordó de la madre del maderero que había cortado la tabla, del carpintero que la había colocado allí, del frío y del invierno, hasta que por fin pudo conseguir su propósito.
   Quedó exhausto. Jadeando, tras los ímprobos esfuerzos realizados, se sentó para recuperar el resuello. Sus acezos entrecortados sonaban lúgubres, casi espeluznantes, en la oquedad del desván.
   Tardó un buen rato y una vez sosegado quiso incorporarse, pero sintió que la cabeza se le iba, optó por permanecer un tiempo más sentado, hasta que se le pasara el mareo. Estuvo cabizbajo, con los ojos cerrados, concentrado en el silencio de sus pensamientos, escuchando el ritmo que su corazón marcaba en las sienes.
   Después creyó oír un ruido. Prestó atención. Sí, algo se podía oír. Era como un zumbido, se oía muy tenue. Dirigió la mirada hacia donde creyó que provenía el sonido. Algo había entrado como una centella por el cristal roto de la claraboya. Un insecto, pensó. Tal vez una libélula, quizás una veloz polilla…, pero no podía ser. Con el invierno tan entrado y aquel frío que pelaba, ¿qué bicho de aquellas características podía aguantar vivo?
   Intrigado, persiguió con la mirada el vuelo vivaz de aquella cosa. Vio cómo se escondía tras un montón de ladrillos apilados en un rincón. Perplejo, espoleado por la curiosidad, se deslizó a gatas hasta el lugar donde había desaparecido aquel insecto, o lo que fuera.
   No apreció nada a primera vista. Estaba oscuro, así que optó por alumbrar sus acciones con el mechero de gasolina que ardía solo y, lenta-mente, uno a uno fue apartando los ladrillos. Actuó con mucho cuidado, con miedo de que aquello que se ocultaba allí pudiese escapar, sin antes haberse dejado ver por él. Levantó otro de aquellos viejos adoquines y…
   En aquel preciso instante, si a Gregorio le hubiesen clavado un puñal en el cuerpo no habría soltado ni gota de sangre. Se había quedado petrificado por lo que tenía ante sí.
   -Por favor, señor, no nos haga daño. Se lo suplico.
   El cerebro de Gregorio no era capaz de asimilar lo que veían sus ojos. Estaba paralizado. Se le había tullido el entendimiento y carecía de fuerza para mover un solo músculo de su cuerpo. Había sufrido un colapso. Su cabeza era un hervidero de neuronas que trataban de encajar semejante despropósito en sus entendederas. Aquello que tenía ante sí transgredía todas las leyes conocidas de la razón.
   Gregorio se encontraba contemplando a un ser con el cuerpo de mujer más perfecto jamás visto, al menos eso fue lo que él pensó. Calculó que no mediría más que el dedo meñique de su mano. Estaba completamente desnuda, de pie, en un lecho confeccionado con la pelusa blanca que desprenden las mazorcas desmenuzadas de las espadañas del río. Sostenía en sus diminutos brazos una criaturita a la que amamantaba.
   Aquella cosa, tan pequeña y tan hermosa, bien pudiera parecer algo humano, de no ser por aquellas alas transparentes, como de libélula, que tenía en la espalda y que movía arriba y abajo, nerviosamente, como si se estuviera preparando para iniciar el vuelo, ante cualquier reacción de peligro que pudiera provocar Gregorio
   -No nos haga daño, señor -volvió a decir aquella cosa con un hilillo de voz.
   Gregorio reaccionó ante la súplica, y quiso tranquilizarla, persuadirla de que no había motivo para preocuparse, que no tenía que temer nada; pero las palabras no lograron pasar más allá de su intención. Carraspeó suavemente para aclarar la garganta y volvió a intentarlo:
   -No te… tee… pre… preee…
   -¿Quiere decir que no me preocupe? -preguntó aquella curiosa criatura.
   Gregorio asintió con la cabeza. Colocó en su sitio el ladrillo que es-condía el refugio de las miniaturas, y se dijo repetidas veces que aquello no podía estar pasando, que era todo producto de una alucinación; fruto, sin duda, de la falta de vino matutino en sus venas. ¿De qué, si no, iba a poder ver él, a aquellas horas de la mañana un nido de ángeles?
   Desconfiado, nervioso, retiró otra vez el ladrillo. Quiso cerciorarse de que el descubrimiento era real. Y lo era. Volvió a verlo. Ya no tenía dudas. Ahora estaba seguro de que no soñaba, de que no era una alucinación de alcohólico.
   -Por favor, señor, no nos haga daño.
… … …

   La mañana se llevó consigo la bruma gris con la que había amanecido otro día de aquel húmedo y desapacible invierno. De cuando en cuando, tras las nubes oscuras, podía verse el cielo azul. La tarde, ayudada por el sol, había ganado grados al frío y hubo gente que se atrevió a salir a pasear.
   Gregorio caminaba cabizbajo por las calles de Bembibre, absorto en sus pensamientos, esbozando una pícara sonrisa de complicidad consigo mismo.
   Hubo quien se cruzó con él, saludándole sin obtener respuesta.
   -Ya va otra vez borracho -dijo alguien, a sus espaldas.
   No, no iba ciego de vino, como todos creían; caminaba henchido de orgullo y feliz. Sí, feliz… Feliz por fin. Feliz, camino de ver cumplido el sueño de su vida. Se lo había otorgado la náyade del río Boeza que tenía oculta en el desván de su casa. Porque, aquella criatura que había descubierto, hacía unos días, en la buhardilla de su casa, era una ninfa y tenía poderes.
   Le prometió que, por haber respetado su vida y la de su hijita, le otorgaría un deseo.
   -“Podrás tener lo que quieras -le había dicho-, por muy inverosímil que te parezca”.
   El recuerdo de aquellas palabras era la causa de la sonrisa de satisfacción que Gregorio paseaba aquella tarde. Él le había solicitado tiempo para meditarlo y la náyade le respondió que se tomase el que necesitara. Que, cuando estuviera listo, sólo tenía que pensar en ella, pronunciar su nombre: Deyana, y vería cumplido el deseo que pasara por su mente.
   Gregorio ya tenía claro lo que quería. Tardó cuatro días en decidirlo. Cuatro días en los que apenas durmió, apenas comió y no probó ni gota de vino. Cuatro días estrujándose los sesos, reflexionando sobre su vida, repasando su pasado, considerando su presente y especulando con su futuro, buscando entre sus recuerdos y sus esperanzas aquello que más podía ansiar. Y lo halló.
   Abandonó, en su caminar, las últimas casas de Bembibre y enfiló la senda que lleva a lo alto del cerro que llaman La Corona. Desde allí arriba se ve toda la villa que cantó Gil y Carrasco, y sus alrededores. Aquel sería el lugar elegido.
   Subía con paso firme, ilusionado como un niño, sin que la inclinación del terreno hiciera mella evidente en sus piernas. Iba tan decidido que ni reparó en el esfuerzo que sus pulmones venían realizando para alimentar el ritmo de sus zancadas.
   A punto de coronar la cima, de espaldas a Bembibre, Gregorio se detuvo. Una ráfaga de agriados pensamientos cruzó por su mente, sembrando incertidumbres. Se le aparecieron de golpe todas las dudas, todas las objeciones que ya había rebatido durante los cuatro últimos días. Recapacitó durante un instante. Hasta hoy habían sido muchos años de infelicidad, desdichas y desventuras. Toda su vida sometida a las adversidades, al infortunio; padeciendo las injurias, los agravios, los insultos, el menosprecio, los ultrajes que hombres y mujeres quisieron darle. Su suerte de selló el mismo día en que pronunció su primera palabra, su primera frase; maldita palabra, maldita frase que sonó distinta, entrecortada, imprecisa, desigual, diferente, en aquel idioma, su idioma aborrecible, intolerable, opuesto a la razón de los demás. ¡Maldita tartamudez, que había hecho de su vida un vía crucis de pasión!
   Ahora todo iba a cambiar, había llegado su hora. Era el momento de resarcirse por todo lo pasado. Estaba a unos pasos de conseguirlo. Sólo tenía que llegar a la cima de La Corona, girarse, cerrar los ojos…
   -¡De… Deyana! -gritó al viento, con todas sus fuerzas.
   El nombre de la ninfa resonó en su pensamiento, y en toda la cuenca del Boeza.
   -“¿No me habrás engañado, verdad, Deyana?” –pensó Gregorio.
   Abrió los ojos, temeroso, inquieto...
   -¡Síííííí, sííííííí!
   Al fin.
   Por fin su deseo de había cumplido, tal y como se lo prometió la ninfa. Aquello que siempre había deseado, lo que tantas y tantas veces había soñado, lo había conseguido. Era el bálsamo que aliviaría de ahora en adelante todos sus males. Estaba allí, lo tenía frente a él, podía verlo claramente: se extendía desde más allá de las casas de Bembibre, desde la línea que dibuja el río y continuaba hasta el horizonte, y se perdía juntándose con el cielo y no se veía el fin. Era inmenso, como nunca lo había imaginado; inconmensurable, azul y verde turquesa y blanco, plateado, brillante, eterno… Y lo mejor de todo: era sólo para él, sólo para él, sí. Era el mar, la mar, su mar y podría verlo siempre que quisiera, sólo él; desde allí arriba, sin tener que irse de su Bembibre, cerca de su casa. Estaba allí, ante sí: el mar, su mar, su deseo, su sueño convertido en realidad, su perpetuo remedio.

Fin.

© Nicanor García Ordiz, 2009.

Un entierro singular


Los últimos días de la existencia de Marcelino fueron un calvario. A las dentelladas que a cada rato le daba la mortal enfermedad que padecía, vinieron a unírsele las desavenencias familiares que a diario se escenificaban en la habitación del hospital donde él convalecía. Sin pudor ni recato alguno, delante de sus propias narices, los parientes se en-zarzaban en disputas abiertas sobre la manera de resolver los detalles del inminente y negro futuro que le esperaba al desdichado enfermo. Si el velatorio sería en casa o en el tanatorio. Si misa cantada o no. Si le llevarían al cementerio en volandas o en coche fúnebre. Si debía enterrarse en tierra o en panteón, tal vez en nicho. Si coronas de rosas o de claveles. Si las flores blancas o rojas. Si a la viuda le quedaría tanto o cuánto de pensión. Si la madre cobraría algo o no. Todo esto y más. Así que, una vez muerto, hubo quien aseguró que Marcelino volvería del más allá para vengarse de sus deudos.
Como era de esperar no hubo acuerdo a la hora de redactar la esquela. Tuvo que intervenir el dueño de la funeraria y utilizar toda su diplomacia para convencer a la madre y a un cuñado del finado de que era imposible poner el nombre de todos los familiares en la nota necrológica. También hubo sus más y sus menos a la hora de elegir el féretro. Hubieron de traerse a la viuda desde su casa para que diera el parabién. No fue tanto problema escoger el traje que le serviría de mortaja. Se optó por el gris, el de pata de gallo, que fue el que estrenó en la comunión de su ahijada Laura. Al fin y al cabo, era el más moderno que tenía, aunque no el que mejor le quedaba.
Tras varios tira y afloja acordaron velar a Marcelino en el tanatorio. Era lo mejor para todos (al menos para los vivos). A las doce del mediodía quedó instalada la capilla ardiente. Faltaban por llegar las coronas que pagaba el seguro de decesos, pero lo demás estaba todo, así que, cuando un empleado descorrió las cortinas y dejó ver la caja con el difunto dentro, los apenados familiares se abalanzaron sobre el cristal de la urna climatizada donde reposaba el cadáver del pobre Marcelino. La viuda, ya de riguroso luto, hubo de ser ayudada por sus dos hijas a permanecer en pie, allí al frente. Obdulia, la madre de Marcelino, vociferaba su pena a los cuatro vientos, acariciando el vidrio de la urna, y los demás contenían como podían las lágrimas. Pasaron unas azafatas del local ofreciendo bombones y cigarrillos. Se terminaron antes los pitillos que el chocolate. El cuñado de Marcelino (el que tuvo que ser convencido por el de la funeraria para lo de la esquela), propuso que se saliera al pasillo a fumar, que bastante cargado estaba ya el ambiente allí adentro.
A las dos horas, tras el almuerzo, comenzaron a llegar amigos y conocidos del fallecido. Entre pésames y conversaciones insulsas se pasó la tarde. A las diez cerraban el tanatorio. Todos volvieron a sus casas. Todos menos Marcelino, claro está. Pero su recuerdo se hizo más patente tras la cena, cuando la viuda decidió acostarse.
-Pobrecilla. Qué sola te vas a encontrar entre esas sábanas frías -le dijo su suegra, Obdulia.
-Ahora sabrás lo que es echar de menos a un hombre en la cama -remachó la hermana soltera de Marcelino.
Lourdes, la hija pequeña del difunto, creyendo intuir de qué iba la conversación, trató de abundar en el tema, así que preguntó:
-¿Es verdad que los hombres se mueren con la picha tiesa, abuela?
-Depende, hija.
-¿De qué?
-De lo que se mueran. Unos sí y otros no.
-¿A mi padre se le quedó la suya tiesa, abuela?
-No lo sé. Pregúntale a tu tío que lo vio.
Ramón, el tío pequeño de Lourdes, le contestó que no, que sólo a los infartados y a los ahorcados se les queda tiesa, que su padre murió de cáncer.
-Pobre mamá.
-Sí, hija, sí. Con lo que apetece un buen rabo caliente entre las piernas, en estos momentos difíciles -sentenció suspirando la abuela.
Para las diez de la mañana estaban todos otra vez en el tanatorio, velando al muerto. Al poco volvieron a pasar las azafatas con sendas bandejas de cigarrillos y bombones.
-A fumar fuera -dijo rotundo el cuñado de Marcelino.
A las cinco de la tarde entraba el féretro en la iglesia del barrio. Lo llevaban a hombros los cuñados y amigos del finado. Seguían, tras ellos, las mujeres de la familia.
Al final la misa fue cantada. La ofició don Matías, que tenía algo de roce con la familia de Obdulia. Marcelino bien habría podido ser hijo del cura que lo iba a enterrar. No por nada don Matías y Obdulia habían sido novios, de jóvenes (y dicen que algo más desde que enviudó ella). Eduardo, el hermano mayor de Marcelino, no asistió al sepelio, no le dio tiempo a llegar desde Canadá. Eduardo era el único hermano varón de Marcelino y había emigrado en el setenta y cinco, a últimos, después de lo de Franco. Eduardo trabajaba en la secreta y se la tenían jurada, así que emigró. No volvió nunca más a España, ni siquiera ahora, para el entierro de su hermano, pero le pagó una corona de rosas azules, como Dios manda. A saber de dónde había sacado la florista tanta rosa azul. “De tu querido hermano Eduardo que no te olvida” rezaba la cinta.
El féretro lo llevaron en coche al cementerio. Fue muy despacio, para que la gente pudiera seguirlo andando. A la puerta se arracimaron todos en torno al párroco. Don Matías se valió de un megáfono para hacerse oír. El ataúd reposaba en un altar colocado al uso en la entrada del cementerio, nada más pasar la puerta principal. Obdulia pidió por Dios que la dejaran despedirse de su hijo amado. Pidió que le quitaran la tapa al féretro para poder verlo por última vez. No había costumbre de semejante cosa dentro del cementerio. Obdulia insistió entre gritos y sollozos. La mujer de Marcelino se sumó a la petición de su suegra y solicitó lo mismo. Los encargados de la funeraria miraron para el cura, en busca de su aprobación o su negación. Don Matías, que era un flojo, ante la pertinaz petición de aquellas mujeres asintió. Los funerarios procedieron a retirar la tapa de la parte de arriba de la caja, donde va el crucifijo clavado, la que esconde el cristal que deja ver medio cuerpo del muerto. La gente se echó encima. Todos querían ver la pinta que tenía Marcelino antes de ser enterrado. Don Matías pidió por el megáfono compostura y respeto. El enterrador y su ayudante se hicieron a un lado y las dos plañideras pudieron, por fin, asomarse al cristal. Obdulia se abrazó a la caja y besó sin cesar el vidrio, sobre el rostro de Marcelino. Arreciaron los empujones para poder ver al difunto. Alguien tropezó con el féretro y éste se movió. Marcelino, por el empellón que le propinaron a la caja, se zarandeó.
-¡Mi hijo se mueve! -dijo Obdulia-. ¡Mi hijo está vivo! –repitió varias veces.
Un clamor se alzó de entre la muchedumbre por la noticia. Todos querían ver el prodigio de la resurrección. Todos querían estar cerca y mirar. El megáfono de don Matías no dejaba de pedir calma. La mujer de Marcelino se desmayó. Un empleado de la funeraria la cogió por las tetas para que no se fuera al suelo. La hija de Marcelino le arreó un bofetón al asalariado de pompas.
-¡Tú no sobas a mi madre, cabrón! -le dijo.
El muchacho se puso colorado y no supo o no pudo explicar que, lo de agarrar a la viuda de semejantes partes, había sido fortuito. El cura, nervioso el hombre, insistió en pedir tranquilidad a los presentes. Obdulia había soltado el ataúd y se clavó de rodillas a la cabecera de la caja. Con las manos unidas, no dejaba de decir que había sido un milagro, que su hijo era un santo, que estaba bien vivo. Después pidió ayuda para incorporarse y don Matías le ofreció la mano.
-¡Que está vivo! -insistió, mirando a su hijo-. ¡Se mueve! ¡Que abran la caja! -pidió a voces.
“¡Que abran la caja! ¡Que abran la caja!” Repitió un coro de voces que se alzó de entre la multitud.
-¡Silencio, señores! -pidió don Matías-. ¡Estamos en tierra santa, por favor!
Las dos hijas de Marcelino reanimaron a su madre.
-¡Destapen a mi marido! -dijo, nada más despertar.
-Señora, su marido está muerto y bien muerto -dijo el muchacho que le había tocado los pechos.
-¡Serenidad! -pidió don Matías.
“¡Que abran la caja!” Rugía la muchedumbre.
-¡Señores, el difunto está muerto! -dijo don Matías, y añadió:
-¡Vamos a tranquilizarnos todos, por favor!
Nadie le hizo caso y el tumulto fue creciendo. El cura se temió lo peor y ordenó a Máximo, el enterrador, que alertara a la guardia civil. Máximo corrió hacia su oficina, a llamar a los guardias por teléfono.
-Puesto de guardia del cuartel de la benemérita, al habla el cabo Seoane, dígame -le respondieron al instante.
-Soy Máximo, el enterrador. Tienen que venir al cementerio porque se está armando la de Dios es Cristo en un entierro, mi cabo.
-¿Qué es lo que pasa? -preguntó el guardia.
-Hay un follón de tres pares de pelotas, y el cura no puede con ello.
-¿Quién es el cura? -interpeló el cabo.
-Don Matías -respondió Máximo.
-¿Y quién es el muerto?
-Un tal Marcelino, creo, mi cabo.
-¿Marcelino, qué?
-No sé, mi cabo.
-¿No es conocido suyo?
-No, mi cabo.
El cabo Seoane se tomó tiempo para escribir la información que le proporcionó Máximo, el enterrador, en el “Parte de Incidencias”.
-Ahora le mando la patrulla.
-Dese prisa, mi cabo.
-¡Ahora van, coño!
Máximo corrió a dar la buena nueva a don Matías. Cuando llegó encontró a Obdulia colgada del cuello del cura, suplicándole que dejara abrir la caja de su hijo.
-¡Está muerto, Obdulia! -aseguraba don Matías.
-¡Por Dios, Matías! -suplicaba Obdulia-. ¡Es mi hijo! ¡Se mueve!
-¡Está muerto, mujer!
-¡Que no, que se mueve, míralo!
-¡Se mueve, se mueve! -repetía la viuda de Marcelino, abrazada al féretro.
“¡Se mueve, se mueve!” Repetían las voces de la multitud.
El cuñado de Marcelino intervino enérgico en la discordia:
-¡Si está vivo, dejadlo salir, me cago en Dios!
Y le pegó una patada a la caja, y la caja se cayó al suelo, y se abrió la caja, y Marcelino se vio más cadáver y en tierra. La viuda rodó con la caja. El joven empleado de pompas se abalanzó sobre ella y volvió a asírsele de las tetas, como atraído por un imán. El cuñado de Marcelino le dio una patada en los huevos al mozo, por atrevido, pero el mozo no soltaba su presa. La hija de Marcelino agarró por los pelos al mismo, y tiró de él para separarlo de su madre. Obdulia soltó a don Matías y se lanzó a abrazar a su Marcelino, que yacía solo y frío en la hierba. La gente empujó y el cura también rodó por los suelos, y los monaguillos, y las hijas de Marcelino, y los cuñados de Marcelino, y Máximo, el enterrador, y su mujer, y el ayudante del enterrador, y todos los que estaban más cerca de la comitiva fúnebre.
-¡Abran paso! -gritaron los guardias entre la muchedumbre.
-¡Apártense, coño! -insistían.
-¡Mi hijo vive! -gritó Obdulia, bajo un montón de cuerpos vivos.
-¡Marcelino, Marcelino! -llamó la viuda, que tenía al de la funeraria agarrado a sus pechos y se negaba a soltarlos.
-¡Deja a mi madre, cabrón! -decía la hija de Marcelino, que tenía al de la funeraria cogido por los pelos.
-¡Hermanos, hermanos! -decía don Matías, que tenía al enterrador, clavado en un riñón.
-¡Me cago en Dios! ¡Dejadme! -decía el cuñado de Marcelino, que tenía el megáfono de don Matías incrustado en el hígado.
“Está vivo. Está vivo” Insistían los del público.
-¡Y una mierda, está vivo! -dijo la mujer del enterrador-. Le tengo cogida una muñeca y está más tiesa que una mojama.
-Eso no es una muñeca, señora –dijo uno de los monaguillos.
-¡Se mueve, se mueve! -insistía Obdulia.
-¡Y aquí quién no, señora! -dijo el otro empleado de pompas.
-¡Abran paso, coño!
-¡Mi hijo vive!
-¡Y una mierda, señora!
-¡Marcelino, mi vida, no me sueltes!
-¡Que no es papá, mamá! ¡Es el de la funeraria que no te deja de sobar las tetas!
-¡Hermanos!
-¡Y una mierda, está vivo! Pero estaba bien dotado, sí señor. ¡Qué lástima!

Fin.


©Nicanor García Ordiz, 2009.

Adiós, Marina


Marina se pasó los dedos por la comisura de los labios, para corregir por enésima vez la insumisa línea del carmín. Se acercó más al espejo para poder ver en toda su magnitud el leve deterioro que el paso del tiempo iba dejando en su rostro. Se tocó las diminutas bolsas de debajo de los ojos. Suspiró resignada. Se giró lentamente, contemplando la esbeltez de su silueta reflejada en el cristal. Sonrió. Evidentemente algunas partes de su cuerpo resistían mejor los embates despiadados del tiempo.
Marina se estaba alisando los pliegues de la nueva falda cuando sonó el teléfono. Se apresuró a salir del dormitorio para cogerlo en el salón.
-¿Sí?
Nadie respondió.
-Dígame -insistió.
Una voz joven y quejumbrosa le contestó del otro lado:
-Hola.
-Hola –respondió intrigada, y esperó a que su interlocutor continuara.
-Por favor, señora, le ruego que no me cuelgue y me escuche un instante.
Marina no logró reconocer aquella voz vacilante, casi lastimosa, que le hablaba del otro lado del teléfono, y la curiosidad se instaló en su ánimo.
-¿Quién eres? –preguntó Marina.
El pendiente de la oreja impedía que pudiera acercarse más el auricular, así que optó por quitárselo. No halló respuesta.
-¿Quién eres? -volvió a preguntar inquieta.
-Usted no sabe quien soy… Seguro que no me conoce…
-Ya… Eso creo... Al menos tu voz no me suena de nada.
-Y yo a usted tampoco la conozco...
-Bueno… ¿Y qué quieres?
-Me llamo Luis.
-Bueno, encantada, Luis… ¿Y…?
-Me gustaría que me dedicara un instante, unos minutos…
-Lo siento, no tengo tiempo, majo, así que voy a colgar.
-No lo haga, por favor... Se lo ruego, señora.
Marina no dijo nada, conmovida por el ruego del tal Luis.
-No me cuelgue -siguió el joven-. Se lo pido por favor.
-Dime de una vez que es lo que quieres… O si no…
-No, por favor…
-Está bien. No colgaré. Pero tienes que decirme lo que sea pronto, porque tengo que irme.
Luis hizo una pausa. Después siguió:
-Me estoy muriendo.
-Muy bien. Adiós.
-¡No, no! Por favor, señora… No cuelgue… Se lo ruego...
-Oye, tú estás loco.
-Puede ser… Es posible, pero no me cuelgue, por favor.
-Está bien. Está bien. Dime lo que sea y acabemos de una vez. Tengo prisa.
El silencio se hizo entre los dos.
-No se preocupe… Terminaré pronto, se lo prometo, señora.
Marina se sentó en el sofá, al lado de la mesilla del teléfono. Cruzó las piernas y miró el reloj. Casi las tres de la tarde. Era más pronto de lo que pensaba, pero ya no tenía mucho tiempo para acabar de arreglarse y salir a su cita.
-Mira, Luis… Es cierto que tengo prisa, ¿sabes? No puedo entrete-nerme hablando contigo, así que voy a colgar.
-¿Es usted capaz de negarle este deseo a alguien que se muere?
Aquella pregunta le heló la espina dorsal. Marina se recostó en el sofá. No dijo nada. No sabía qué decir.
La voz del otro lado también calló. Esperaba, sin duda, una respuesta de ella. Y se la dio:
-Oye, Luis. Si estás de guasa, dímelo y no me haga perder más tiempo, de verdad -respondió sin estar segura de si decía lo adecuado. Esperó inquieta la respuesta.
-No estoy bromeando, créame, señora.
Justo lo que ella se temía.
-Bueno… ¿Y qué quieres que yo haga?
-Nada… Sólo escúcheme, por favor.
-Está bien.
-Necesito hablar con alguien… Solamente le robaré un par de minutos… Sólo eso, se lo prometo.
-Ya. Pero te he dicho que tengo prisa, ¿sabes? Es verdad. Me están esperando. Créeme. Es mejor que llames a otra persona -Marina trató de zafarse de aquel compromiso repentino que había adquirido al acceder a escuchar a aquel loco que le hablaba a través del teléfono.
-¿Qué le suponen dos minutos a lo largo de su vida, en comparación con los dos últimos de alguien que le pide ayuda?
Aquellas palabras sonaron lapidarias. El tal Luis no lo sabía pero a Marina las frases tan rotundas la dejaban atónita.
-¿Estás intentando tomarme el pelo, verdad? -Marina trataba de de-fenderse de aquello que consideraba absurdo.
-Sinceramente, no... Le hablo muy en serio.
Sin duda aquello era una locura. Pero, ¿y si no lo fuera? ¿Y si aquel loco del teléfono no estuviera mintiendo? Marina necesitaba tiempo para pensar y eso era precisamente de lo que carecía.
-¿Por qué me dices que te vas a morir? -se le ocurrió preguntar.
-Porque es lo que va a ocurrir.
Esa respuesta no era la que ella esperaba oír. Las preguntas empezaron a agolparse en su cabeza: ¿Y ahora qué, Marina? ¿Qué dirás a eso?
-¿Y yo qué tengo que ver, oye?
La confusión iba creciendo en la mente de Marina y creyó que debía ganar tiempo para poder aclarar sus pensamientos y poder reaccionar adecuadamente ante aquella absurda situación.
-Siento que le haya tocado a usted… Ha sido cosa del azar… Yo no…
-¿Del azar, dices? ¡Mira qué bien, oye! Qué suerte la mía, ¿no crees?
De nuevo se hizo el silencio.
-Bueno -sentenció Marina con resignación. -Veo que no tengo más remedio que aceptarlo. Dime qué tengo que hacer.
Marina trató de transmitir apatía en su tono de voz. Quizás así lograra desalentar a aquel loco.
-No tiene que hacer nada… Sólo permanecer al teléfono.
-Muy bien… Aquí estoy… ¿Y qué?
-Sólo tiene que esperar.
-Oye, en serio, ¿esto va para largo? Es que he quedado, ¿sabes?
-No se preocupe… Ya falta muy poco… Es cuestión de un instante.
-Pero… un instante, ¿para qué?
-Para morirme.
Marina se dio cuenta de que no estaba preparada para aquello. No podía continuar por más tiempo con aquella incertidumbre que se había adueñado de ella. Tenía que tomar una rápida determinación. Si aquel individuo del teléfono era un loco -como realmente parecía- debería seguirle la corriente; pero si -y esto era lo peor- no estaba bromeando, tendría que empezar a preocuparse seriamente.
-Quieres que yo sea testigo de cómo te mueres. ¿No es así?
-Sí.
-Tú estás loco, ¿verdad? -Marina no pudo reprimirse más.
-No. No lo estoy… Créame, señora.
Aquel joven contestó con tal rotundidad que hizo que Marina acumulara más dudas sobre el desenlace que podía tener aquella inusual situación que estaba viviendo. Marina empezó a preocuparse seriamente.
-No me gustaría morirme solo, ¿sabe? –continuó Luis.
Marina volvió a estremecerse. Percibió en aquellas palabras una triste franqueza que la hizo conmoverse.
-No te burles de mí. Te lo pido por favor –dijo Marina, a punto de desfallecer en su ánimo de desenmascarar a aquel hombre y terminar de una vez con aquella pantomima.
-No estoy en condiciones de burlarme de usted.
Era obvio que hablaba en serio, pero ella trató de rebelarse.
-Mira, me parece que voy a colgar.
-Le suplico que no lo haga.
-Te estás quedando conmigo y no me gusta que me tomen el pelo.
-Le prometo que esto no es ninguna broma. Se lo prometo.
Marina creyó percibir un gemido tras las últimas palabras de Luis, pero no quiso bajar la guardia.
Quizás él estuviera fingiendo. Tal vez fuese una estratagema para conmoverla.
-¿Qué es lo que quieres? -preguntó, Marina.
-Escúcheme, por favor…
Volvió el silencio a la conversación.
-Estoy muriéndome -dijo Luis-. Es cierto… Estoy sufriendo los efectos de un veneno que me he tomado para acabar con mi vida… Ya no falta mucho… Créame.
-¡Estás loco!
Luis tosió.
-Escúchame, Luis. Te diré lo que pienso. No quiero que te ofendas, pero creo que estás drogado… -Marina pasó a la ofensiva. Tenía que terminar, de una vez por todas con tamaño despropósito-. Seguro que te acabas de meter algo y tienes un colocón de tres pares de narices, ¿a que sí? Y no se te ha ocurrido otra cosa que coger el teléfono para darle la tarde a cualquier idiota como yo.
Volvió a hacerse el silencio. Sólo se oía la respiración entrecortada de Luis.
-¿A que tengo razón, eh, Luis? -era el golpe definitivo de Marina para desenmascarar a aquel farsante.
La falta de respuesta de Luis puso de manifiesto el triunfo de Marina. Por fin había logrado poner al descubierto el juego de aquel loco. Pocas cosas podían escapar a la inteligente intuición de Marina.
-¿Qué, Luis, no dices nada? -remachó, orgullosa de sí misma-. He descubierto tu juego, ¿verdad?
Luis no respondió.
-¿Sigues ahí?
De sobra sabía que sí. Podía oírle respirar dificultosamente.
-Me muero, señora… Esto es el fin.
La teoría de Marina se derrumbó. La seguridad en sí misma se vino abajo como un castillo de naipes. Ahora era ella la que, entregada a la evidencia, lucharía por controlar la situación.
-¡Óyeme, Luis! ¡No cuelgues! ¿Me oyes? ¡No cuelgues!
-Lo siento señora… Esto es el fin.
-¡Óyeme, Luis! ¡Escúchame!
-La oigo, señora.
-¡No me cuelgues! No me cuelgues. ¿Me oyes?
Marina seguía escuchando la respiración azarosa de aquel loco que se moría al otro lado del teléfono.
-¡Maldito seas, cabrón! ¡Es verdad que te estás muriendo!
-Se lo dije.
La voz de Luis se hacía menos perceptible.
-¿Qué es lo que has tomado?
-Eso ya no importa.
-Escúchame, Luis. Vamos a tranquilizarnos los dos. Vamos a hablar, ¿vale?
-Estoy tranquilo, señora.
-¡No me llames más señora!
-No me grite, por favor.
-Perdóname… Me pones nerviosa, con tanto señora, señora. Me llamo Marina.
-Está bien, Marina.
-Luis, ¿qué es lo que has hecho?
-He tomado veneno.
-¿Sólo eso, eh?
-Sí, sólo eso, Marina.
-¿Por qué, Luis? ¿Por qué has tenido que hacerlo?
-La vida, Marina.
-No me fastidies. Tú debes de ser aún un crío. ¿Qué sabes tú de la vida?
-No soy tan crío.
-Por tu voz lo pareces.
-Tengo veintitrés años. No soy tan crío.
-Eres un mocoso.
Luis tosió.
-¿Cuántos años tienes tú, Marina?
-Eso qué importa.
-A mí me importa… Me gustaría saber cómo es la persona que tengo a mi lado, en la hora de mi muerte.
Otra frase lapidaria que inquietó a Marina.
-¡No digas eso, por Dios!
-Lo siento... Es la verdad.
-¡Cállate y escúchame! Vas a decirme de verdad quién eres y desde dónde me estás llamando. Después voy a colgar y llamaré a alguien que te pueda ayudar, ¿entendido?
-Te lo agradezco, Marina, pero eso no puede ser.
-¿Por qué? ¡Maldita sea! ¡Te estás muriendo! ¡Te mueres, Luis!
-Olvídalo.
-¿Quién eres?
-Soy Luis -respondió con voz entrecortada.
-¿Luis, qué?
Marina lo oyó toser.
-Sólo Luis.
-Está bien… Cómo quieras. Es tu vida y puedes hacer con ella lo que te apetezca, pero ahora me has involucrado a mí en ella y creo que tengo derecho a una explicación.
Luis calló. Estaba tomando tiempo para poder responder.
-Tienes razón, Marina…
La fatiga de Luis era manifiesta. Cada vez le costaba más hablar. Sus silencios eran más prolongados.
-¿Y bien? Estoy esperando, Luis -apremió ella preocupada por la ausencia de voz de él.
-No me has respondido a la pregunta, Marina.
-¡Mierda! ¿Qué pregunta?
-No me has dicho tu edad.
-Está bien… Te responderé… Soy mayor que tú, ¿vale?
-No, no vale.
-Treinta y pico -dijo fastidiada.
-¿De qué es el pico, Marina?
-De cigüeña, simpático.
Luis no dijo nada.
-Tengo treinta y ocho.
Luis tosió.
-¿Qué te has tomado, Luis?
-Eso ya no importa. Lo he tomado y no hay marcha atrás.
Luis sufrió un repentino ataque de tos.
-No juegas limpio conmigo, Luis.
Él no dijo nada.
-¿Sigues ahí, Luis? ¡Responde, por Dios!
-Sí… Te estoy escuchando… Es sólo que…
La tos impidió que siguiera.
-¿Qué te pasa?
-Nada. Me cuesta hablar.
-¡Dios Santo! ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?
-Vamos a dejarlo, Marina.
-¡Ahora que no se te ocurra colgar! Ahora no quiero yo…
Luis no pudo contener la tos convulsiva que volvió a atacarle.
-¿Por qué no bebes un poco de agua? Eso tal vez…
-Ya que más da.
-Me gustaría seguir hablando contigo, ¿sabes?
-¿Es eso cierto?
-Ya ves… ahora soy yo la que quiere oírte a ti.
-De acuerdo… Espera, por favor… Voy a por agua.
Marina oyó el teléfono de Luis posarse en algún sitio y, a continua-ción, las pisadas del joven alejándose.
Mordió los labios, tratando de reprimir las lágrimas. Dejó el auricular sobre la mesilla y salió corriendo en busca de un pañuelo.
Cuando volvió, aún no había regresado Luis. Se descalzó los zapatos de fino tacón que se había puesto para salir. Había olvidado por completo la cita que tenía a las cuatro con su amiga Loli, pero ahora no estaba en situación de preocuparse por ello.
-¿Marina?
-Sí, Luis. Estoy aquí. Fui un instante a buscar un cigarrillo -mintió como excusa, pero pensó que en aquel momento agradecería tener un pitillo que llevarse a la boca.
-¿Tú fumas, Luis?
-No.
-A mí me gustaría dejarlo, ¿sabes? Pero me parece tan difícil…
-Todo es posible… Todo se puede arreglar en esta vida.
-¿Ah, sí? ¿Entonces por qué estás tú así?
Marina obtuvo otra convulsa tos de Luis como respuesta.
-Lo mío es otro cantar -prosiguió él, antes de dar un sorbo al vaso que tenía en la mano.
-¿Qué bebes, Luis?
-Agua.
-¿Sólo agua?
-Sí. No debes preocuparte. De lo otro ya tengo bastante.
-No seas cruel.
-Lo siento… No quería…
De nuevo la tos volvía a interrumpir la conversación.
-¿Estás bien? -se interesó Marina.
-Todo lo bien que puedo estar en esta situación... Gracias por pre-ocuparte por mí, Marina.
-¡No lo puedo soportar! ¡Dime dónde estás!
-Olvídalo, ¿vale? No sigas insistiendo en eso, o colgaré.
-¡Está bien, cuelga!
Marina cerró los ojos, con miedo en el corazón. No quería que Luis colgara.
Le siguió llegando, del otro lado, la respiración irregular y fatigosa de él.
-No quiero hacerlo, Marina. Cuelga tú.
-¡Yo tampoco quiero, idiota! -Marina no pudo contener por más tiempo las lágrimas y explotó entre gemidos-. ¿No ves que no puedo?
Por unos instantes ninguno de los dos habló.
-¿Por qué lloras? -preguntó Luis.
-A ti qué te parece.
-No debes llorar.
-Decirlo es fácil. ¿Qué harías tú, si alguien te llama para decirte que se muere y no puedes hacer nada para evitarlo? ¿Qué harías, eh?
Luis no respondió y continuó ella:
-No es justo lo que estás haciendo contigo y conmigo.
-Está bien, dejémoslo… No tiene remedio... Hablemos de otra cosa, ¿vale?
Marina esperó a secarse las lágrimas con el pañuelo antes de recomponer el ánimo.
-¿De qué quieres que hablemos?
-¿Que tal de ti?
-¿De mí? Te vas a aburrir. ¿Qué quieres saber de mí?
Luis tuvo que tomarse tiempo para seguir.
-¿Estás sola en casa?
-Ahora, sí.
-¿Estás casada?
-Sí.
-¿Tienes hijos, Marina?
-Uno.
-Debes quererle mucho, ¿verdad?
Marina adivinó amargura en la pregunta de Luis, pero sonrió al responder:
-Mucho. Supongo que como cualquier madre a su hijo. ¿Tu madre no te quiere a ti?
Luis no contestó a eso.
-¿Eres feliz, Marina?
Marina se pensó la respuesta antes de decirla.
-No me puedo quejar. ¿Y tú?
-Está claro que no. ¿No crees?
-¿Por qué te estás matando, Luis?
Ahora fue él quien volvió a tomarse tiempo para responder.
-Ya da igual.
-Me gustaría saberlo, ¿sabes? Creo que tengo derecho.
-No estoy seguro de que deba decírtelo.
-¿Por qué no?
-No estoy preparado para contarlo.
-Quisiera saber porqué.
Luis tosió y volvió a beber.
-Yo nunca hablo con nadie de mis cosas.
-Eso no está bien, Luis. No es bueno encerrarse en sí mismo. A la larga acarrea problemas. Hablar siempre ayuda.
Él no dijo nada.
-¿Me oyes? -preguntó ella, preocupada por aquellos silencios tan prolongados de Luis.
-Sí, te oigo.
-Creo que estaría bien que me contaras lo que te pasa.
-No puedo, Marina. Lo siento.
-Inténtalo, por favor.
-No puedo. Créeme.
-Como quieras, pero no creo que valga la pena hacer lo que estás haciendo. ¿O sí?
Luis guardó silencio otra vez.
Marina sabía que la pregunta le estaba haciendo pensar y eso no podía ser malo.
-¿Cómo se llama tu marido, Marina?
-¡Por Dios! ¿Eso qué importa ahora?
-¿No me lo quieres decir?
-Se llama Luis, como tú.
-Vaya coincidencia.
-Ya ves, cosas de la vida.
-Esta vida es una porquería, Marina.
-¿Por qué lo dices?
-Porque sí. Porque no es justa. Nada es justo en esta puñetera vida.
Marina calló. No quiso interrumpir. Creyó que él seguiría hablando, desahogándose, pero también calló. El silencio se instauró entre los dos. Siguió oyendo cómo él sufría en cada bocanada de aire que le arrancaba a la vida.
-¿Marina?
-Sí, Luis.
-Marina. Ha llegado la hora.
-¡No, Luis!
-Debemos dejarlo... He cometido una estupidez al llamarte... Perdona... Estoy cansado…
-¡No, no! ¡Sigue hablándome, Luis! ¡Háblame!
-No puedo.
-Escúchame, Luis. ¿Tienes padres, hermanos, algún familiar?
-Eso qué importa ya.
-¡Sí importa! ¡Dímelo, Luis!
-Tengo padres y hermanos.
La fatiga de Luis crecía a pasos agigantados.
-¿Dónde están?
Luis no respondió y Marina insistió:
-¿Dónde están, Luis? ¡Dímelo!
-Lejos... En el pueblo.
-¿En qué pueblo, Luis?
-No te lo voy a decir… Perdóname.
-Pero, ¿por qué? ¡Te estás muriendo, Luis!
-Dejémoslo.
-¡Escúchame! Ni lo vamos a dejar ni tú te vas a morir, ¿me oyes?
-Agradezco tu interés, pero ya es tarde, Marina.
-Yo no me rindo tan fácilmente, ¿entiendes?
Marina no obtuvo respuesta.
-¿Dónde estás? -preguntó ella.
-En casa.
-¿Vives solo?
-Sí.
-¿Dónde?
-No insistas... No te lo voy a decir.
-¡No seas cabezota!
-No lo seas tú… ¿Por qué te empeñas en querer salvarme?
-¡Por el amor de Dios! ¿No entiendes que vas a morir?
-Lo sé. Quiero que sea así… Yo lo elegí, Marina.
-¡No lo puedo soportar más!
-Me parece que he cometido un error al llamarte… He debido esperar a morirme solo, sin molestar… Hasta esto no he sabido hacer bien. Soy un desastre. ¿Podrás perdonarme, Marina?
Marina calló. La congoja enraizó en su pecho, y como una sanguijuela succionó toda la ternura de su corazón. Sólo podía llorar.
Luis sufrió otro ataque de tos espasmódica.
Una luz de alarma se encendió dentro de Marina.
-¡Luis, Luis! -le llamó, nerviosa.
No obtuvo respuesta.
Volvió a insistir. Hasta que:
-Sí -respondió él.
-¿Cómo te encuentras?
Luis carraspeó para aclarar su desgarrada voz.
-No quiero preocuparte, Marina, pero esto…
-¿Dónde estás, Luis? ¡Dímelo, por favor! -Marina suplicó entre sollozos.
-Tengo que ir a por más agua.
-Escúchame…
Pero Luis se había ido. Marina, sin despegar el auricular de su oído, alargó el brazo que tenía libre para coger un cigarrillo de la pitillera de la mesa. Estaba asustada. Encendió el pitillo. Nunca se había visto sometida a tal tensión. Su vida no había sido, precisamente, un camino de rosas, pero jamás tuvo motivos para estar como ahora, tan negativamente excitada.
Aquel joven, con su actitud irreflexiva, había hurgado muy dentro de su ser y había despertado emociones nuevas, exageradamente contradictorias. Estaba sumida en un estado de nerviosa incertidumbre. Un sentimiento de dolorosa angustia la paralizaba. Se bloqueó su cerebro y sabía que ya sólo reaccionaría ante los estímulos que despertara en ella la voz de Luis. Por eso, cuando escuchó los pasos de él acercándose al teléfono, sus sentidos se pusieron en alerta, sensibilizados para captar cualquier ínfimo detalle que delatara las alteraciones en el estado quebrantado de aquel joven.
-¿Marina?
-Sí, Luis. Sigo aquí.
-¿Estás más tranquila?
-Creo que sí.
Silencio.
-¿Y tú, cómo estás, Luis? -preguntó, Marina, con ternura.
-Creo que me he pasado contigo.
-¿Por qué?
-No creí que esto fuese a ser tan desagradable.
-Debiste pensarlo antes, ¿no crees? Ahora ya no tiene remedio. Me has metido en esto y debemos apechugar los dos con ello.
Un nuevo silencio.
-¿Por qué quieres acabar así, Luis?
-Es lo mejor para mí… Créeme… Ahora lo único que lamento es haberte incluido a ti… No te mereces el disgusto que te estoy dando.
-No es momento de pensar en mí. Debemos pensar en ti. Tienes que salvarte, Luis.
-Dame una sola razón para hacerlo.
El requerimiento de Luis pilló desprevenida a Marina.
-Pues… -no supo qué contestar.
-No te preocupes en responder, no hay respuesta posible.
Luis tosió.
-Tienes toda una vida por delante. No sabes lo bueno que todavía te puede deparar. Eres tan joven…
-Tengo suficiente edad como para saber lo que quiero.
-No estás en tu sano juicio. Si lo estuvieras no habrías hecho esto.
-Por favor, Marina, no quiero hablar más de eso. Lo hecho, hecho está. No tiene solución.
-¡Por Dios, Luis! ¿No entiendes que no puedo consentir que te quites la vida? ¿Que tengo que luchar para evitarlo? ¿Que eres un ser humano como yo y que me conmueve tu sufrimiento? ¿No lo entiendes?
-No quiero tu compasión, Marina. No he llamado para eso.
-¿Para qué has llamado, Luis?
-Sólo quiero compañía. Oír la voz de un semejante que me diga adiós en el último momento.
Marina lloró.
-Eres cruel, Luis.
-Perdona. No quiero herirte.
-Ya es tarde para eso. ¿Crees que podré vivir, desde ahora, con el remordimiento de una muerte sobre mi conciencia?
-Tú no me has matado.
-¡Pero puedo evitar que mueras!
-No estoy seguro.
-¡Déjame intentarlo, por favor, Luis! Te lo ruego por lo que más quieras.
Luis permaneció en silencio. Sólo su respiración discontinua daba fe de su estancia al otro lado.
-¿Marina?
-Sí, Luis.
-Marina, me gustaría saber cómo eres.
-¡Por Dios, Luis!
Volvió a hacerse el silencio.
-Me llamo Marina -continuó ella-, tengo treinta y ocho años, estoy casada con un hombre que se llama como tú, tengo un hijo… Todo esto ya lo sabes… ¿Qué más puedo decirte?
-No me has dicho si eres feliz.
-Te dije que no podía quejarme.
-No es suficiente.
-Lo he pasado mal… Pero ahora…
-¿Ahora es distinto?
-Bueno… Digamos que me va más bien que mal, pero hay de todo. Es inevitable.
Se hizo una nueva pausa. Luis seguía respirando con dificultad. Cuando hablaba lo hacía con palabras entrecortadas por la carraspera y la tos, pero en los últimos instantes parecía que su mal se había estancado, que, al menos, no progresaba. Esto alivió a Marina.
-¿Cómo eres físicamente, Marina?
Marina cayó en la cuenta de que nunca, a lo largo de su vida, había tenido la necesidad de describirse ante nadie y que ahora, que se veía forzada a ello, no sabía por dónde empezar, ni cómo hacerlo.
-No sé…
Luis pareció comprender el titubeo de Marina y decidió ayudarla.
-¿Eres alta?
-No sé… Normal… Debo medir uno setenta…
-¿Y tu pelo? ¿Cómo es tu pelo?
-Soy rubia -Marina contestó con cierto pudor-. Bueno, ahora soy más bien castaña… Con el paso del tiempo se me ha ido oscureciendo.
-¿Lo tienes corto o largo?
-Ni lo uno ni lo otro… Llevo media melena. ¿Y tú?
-También tengo el pelo castaño. Mido algo más que tú, poco más…
-¿Cuanto?
-Uno setenta y cinco.
-¿Y cuerpo Danone?
Marina arrancó con su pregunta una sonrisa a Luis.
-No me puedo quejar. He hecho deporte y me he sabido cuidar un poco.
A Marina le pareció que Luis recuperaba cierto sosiego en la voz.
-¿Qué más quieres saber de mí, Luis? -preguntó ella, más animada.
-¿Sabes que tienes una voz muy dulce?
-Gracias.
Marina se había ruborizado.
-¿Eres tan bonita como tu voz, Marina?
-No lo sé. No debo ser yo quien lo diga, ¿no crees?
-Bueno, pero esas cosas se saben, ¿no?
-No sé… No quiero ser presuntuosa, pero creo que gusto a los hombres.
-Si te pareces a tu voz debes de ser muy hermosa.
-Gracias, Luis. Dime cómo me imaginas tú.
-Creo que eres… -Luis se detuvo.
Uno de aquellos ataques de tos le impidió continuar. Marina palideció. Apretó con toda su fuerza el auricular a su oreja. No quería perderse ningún detalle de lo que le ocurría a Luis. Oyó sus ahogos, sus ansias por respirar, las arcadas nauseabundas que le sobrevenían, la tos lastimera…
-¡Luis! ¡Luis! ¡Contéstame! ¡Ay, Dios mío!
Luis tomó una bocanada de aire y decidió que había llegado el mo-mento de despedirse de ella:
-Adiós, Marina.
Marina advirtió los sollozos que acompañaban las últimas palabras de Luis.
-¡Luis!
-¡Marina!
-¡Luis, por Dios!
-Marina. Tengo miedo.
-¿Dónde vives, Luis?
Luis se ahogaba en sus vómitos.
-¡Luis, contéstame!
Se oyó un golpe del otro lado. El teléfono de Luis había caído al suelo. Marina escuchó con toda su atención. Ya no oyó nada.
-¡Luis! ¡Luis! -insistió repetidas veces.
-¡Luis! -dejó de llamarle y se paró a escuchar. Nada.
Un halo traidor, insospechado, de consternación, inundó a Marina. Lloró desconsoladamente su aflicción, con lágrimas amargas. La impotencia le escocía en el pecho y la congoja le anudó la garganta. Estaba a punto de arrojar la toalla, de colgar el teléfono, cuando creyó oír una voz débil que la nombraba desde el otro lado del aparato.
-Marina.
-¡Luis! ¿Eres tú?
Luis resurgía, robándole un último aliento a la muerte para cumplir su postrer deseo.
-Marina.
-Sí, Luis.
-Dime adiós, Marina.
Marina se tragó las lágrimas y con una ternura estremecedora le dijo:
-Adiós, Luis. Adiós…
Después rompió a llorar. Se había despedido con toda la pena, con todo el dolor que su afligido corazón pudo soportar. Le había dicho adiós a aquel desconocido que había irrumpido en su vida de aquella manera tan extraña, y desde entonces, Marina, ya no volvería a ser la misma.

Fin.

© Nicanor García Ordiz, 2009.

Mariló


   Mariló se despertó empapada en sudor. No supo si por causa del insoportable calor que hacía dentro de su habitación o si había sido el ruido del avión que acababa de pasar, a baja altura, camino del aeropuerto de Pitilla. Apenas pudo entreabrir los ojos para darse cuenta de que aún no había amanecido. La luz de la luna entraba tímidamente por la ventana entornada de su dormitorio, pero ella echó de menos la presencia de una bocanada de aire que removiera el ambiente sofocante de aquel cuarto del apartamento. Cosa harto difícil, pensó, teniendo en cuenta que en aquella época del año, en San Francisco de la Caleta, Panamá, lo que tocaba era morirse de calor, y a ella se lo habían advertido. Se giró en la cama para mirar el despertador que tenía encima de la mesilla de noche. Sólo eran las tres y cuarenta y nueve minutos de la madrugada. Calculó que le faltaban un par de horas para tener que levantarse a trabajar. Sólo un par de horas, se dijo. Exclamó un lamento y volvió a pegar su cabeza contra la almohada. No sabía si podría volver a conciliar el sueño en aquella olla a presión. Necesitaba dormir para levantarse lo suficientemente despejada para poder afrontar otro día de trabajo en la clínica.
   La sábana con la que se había cubierto al acostarse, reposaba ahora en el suelo. Ya no le estorbaba, pero sí la camiseta corta que le hacía de pijama y que se le había pegado a su cuerpo sudoroso como una segunda piel. Optó por desprenderse de ella. Sólo un tanga blanco cubría su desnudez. Se tumbó boca abajo, en mitad de la cama, y extendió brazos y piernas para que cada poro de su piel quedara expuesto a cualquier asomo de frescor que pudiera colarse por la ventana. No sirvió de nada. Sobre su espalda sólo pudo notar el deslizarse fastidioso de unas gotas de sudor. Mariló empezó a enojarse víctima de aquella situación insoportable. No podía dormir y tenía que hacerlo. Temió que su enojo pudiera convertirse en desesperación y que la desesperación se apoderara de ella hasta el punto de impedirle volver a los brazos de Morfeo, así que, en un acto de extrema lucidez, pensó que lo mejor era tratar de calmarse y alejar sus pensamientos de aquella situación. Necesitaba dormir a toda costa, y dejó volar su imaginación, y se imaginó sentada, al anochecer de un día de agosto, en la terraza de un bar, en la plaza Mayor, en su añorado Madrid, bañada por la fresca brisa del crepúsculo y saciando su calor interior con una fría y espumosa caña de cerveza. “Dormir, Mariló, tienes que dormir, muchacha.”
   Cuando más deseaba la presencia de un soplo de aire fresco en aquella habitación, fue cuando se coló dentro del dormitorio una suave melodía, procedente de algún lugar de aquel patio interior al que miraba la ventana del cuarto de Mariló. Era apenas perceptible, pero ella supo identificarla. Era una balada de Alejandro Sanz. Las inesperadas notas de aquella canción hicieron que su cuerpo se estremeciera, y su piel se erizó por la emoción. Las gotas de sudor que antes resbalaban como lenguas de fuego por su espalda, se convirtieron en gotas de rocío que refrescaban el campo sediento de su piel desnuda. Sintió cómo los surcos que dibujaban aquellas lágrimas sobre sus costados se hicieron, de repente, más apreciables, más intensos, hasta convertirse en tiernas caricias que recorrían toda su espalda. Mariló reconoció enseguida aquella manera tan dulce y varonil de acariciar su piel. Incorporó su cabeza de la almohada y miró al hombre sentado al borde de la cama.
   -Hola, Mariló.
   Ella sonrió.
   -Hola, James. No te esperaba.
   -Lo sé, cariño –respondió él, esbozando una sonrisa. -¿Bailamos?
   -Claro.
   James Dean se puso de pie y le ofreció la mano a Mariló para ayudarla a incorporarse de la cama. Cuando estuvieron frente a frente, ella se abrazó al cuello de James, pegó su cuerpo al del hombre y apoyó su cabeza sobre la cara de él. James Dean la rodeó por la cintura y le dio un tierno beso en el pelo.
   -Estoy empapada, James –le dijo Mariló, mirándole tiernamente a los ojos.
   -Qué importa eso ahora, cariño –dijo él, entornando sus cejas y clavando sus ojos azules en los ojos de Mariló-. Disfrutemos hasta el amanecer.
   Y Mariló se abandonó a los deseos de James, y una noche más, Mariló, volvió a vivir las dos horas más felices que una mujer jamás pueda soñar.

Fin.


© Nicanor García Ordiz, 2010.

Don Gaspar Durán


   Desde los primeros meses del año del Señor de 1930, en Noceda del Bierzo, era un secreto a voces el que a don Gaspar Durán, el secretario del ayuntamiento, le encantaba ir de putas. Todo el mundo lo hablaba a sus espaldas.
   Los días unos y quinces de cada mes se le podía ver, a eso del mediodía, una vez terminados o aplazados sus quehaceres en el ayuntamiento, con un cartapacio bajo el brazo, aguardando la llegada, desde Quintana de Fuseros, de la destartalada camioneta de Silvino Morcuende, el Pellejero, que lo llevaba en tales fechas hasta la casa de lenocinio que doña Carmen Conde y Aliste tenía en la calle de la Fragua, en la Villavieja de Bembibre.
   También era sabido que, don Gaspar Durán, antes de dirigirse a la casa de citas, tenía por costumbre comer opíparamente en alguna de las tascas de la capital del Bierzo Alto. Lo que nadie sospechaba era que tanto el importe de los viajes en camioneta, como de los suculentos almuerzos y de todos los servicios del prostíbulo eran pagados gustosamente por su amigo, el acreditado pintor don Ramón de Penagos, que desde su residencia de Madrid le enviaba un determinado estipendio para aquellos menesteres.
   Pero ahora ya iba para año y medio desde la última vez que don Gaspar Durán se dejó caer por el burdel de la villa del Boeza. Se mantenía en cama desde que se agravó la letal enfermedad que había contraído, y desde entonces no había vuelto a pisar el prostíbulo de Bembibre.
   Pero lo cierto es que, en contra de lo que todos creían en Noceda del Bierzo, don Gaspar Durán, no iba de putas a la manera tradicional, como lo hacía cualquiera de los mortales que frecuentaban aquella casa de trato de Bembibre. No, él no buscaba saciar ese apetito lascivo que la testosterona genera en las ansias de los hombres, y que les aprieta sobremanera en el entrecejo y en la entrepierna, hasta convertirlos en desaforados sementales en busca de hembra a la que cubrir. No, que el secretario de Noceda del Bierzo, pese a su mediana edad, no era hombre dado a dejarse llevar por tales arcaicos instintos. Aunque lo cierto es que en más de una ocasión, al verse frente a aquellas mujeres que practicaban el fornicio por dinero, mostrando con intención aquellos cuerpos blancos y rollizos, completamente desnudos, a punto estuvo el de Noceda del Bierzo de perder las hechuras, y ganas le dieron de dar rienda suelta a sus refrenadas pasiones. Pero, don Gaspar Durán, siempre supo sobreponerse a tales indignas tentaciones. Tenía más que asumido que no iba allí a fornicar; que su cometido era otro muy distinto que nada tenía que ver con disfrutar de los servicios sexuales de las mujeres que ejercían en aquel lupanar.
   Pero nadie es perfecto, ni don Gaspar Durán lo era, y en una ocasión había cometido una imprudencia. Y es que ya lo dice el refrán: al mejor escribano se le escapa un borrón. Sin embargo aquello fue algo más que una mácula, de cuyas resultas hoy se encuentra don Gaspar Durán yacente y a punto de rendir cuentas ante el Altísimo. Año y medio después de haber cometido la torpeza de ejercer por primera y única vez en su vida de putero, don Gaspar Durán, postrado en su lecho de muerte, sigue teniendo muchas dudas acerca de si mereció la pena haberse dejado influenciar por aquella caterva de exaltados que tomaban parte en la celebración de la instauración de la República en España, y haber convenido con ellos en el despropósito de terminar acostándose con una de las prostitutas de doña Carmen Conde y Aliste. Así, en la carta que, con fecha de 16 de abril de 1931, escribió a su amigo, don Ramón de Penagos, le había descrito, además de los aspectos de la catadura física de la mujer, los detalles del acto que mantuvo con Aquilina, que así se llamaba la puta que lo había desflorado en tal funesto día. Don Gaspar Durán se justificaba en la misiva, explicándole que, si bien la República se había instaurado en toda España el día 14 de los corrientes; en Bembibre, lugar de buen vivir y mejor celebrar, se siguió aclamando aquel hecho durante los días posteriores a tal fecha, y él, para no ser menos que nadie, y alentado por la eufórica muchedumbre que participaba el día 15 en la tradicional feria de ganado, en la Villavieja, bebió más de lo deseado, y había sido el exceso de coñac, y no otra cosa, lo que le hizo desinhibirse de tal manera que cayó rendido ante los encantos de la meretriz Aquilina; y yació con ella, y mantuvo relaciones sexuales con la muy profesional y agraciadísima Aquilina. Fatal acontecimiento, a consecuencia del cual se veía hoy postrado en el lecho de muerte, víctima de una sífilis galopante que le pegó la empleada del burdel.
   El penoso periodo de postración que llevaba don Gaspar Durán en el lecho de muerte, le había hecho reflexionar mucho sobre aquel suceso que lo había llevado hasta allí y que lo iba a llevar derecho al infierno. Muchas eran las preguntas que bullían en su cabeza, pero sobre todas ellas planeaba la eterna duda de si había merecido la pena, o no, haber sido desvirgado por la tal Aquilina, o lo que es lo mismo: de si el sufrimiento que soportaba en aquellos momentos compensaba el haber disfrutado durante toda una tarde de los excelentes quehaceres de aquella golfa, y de si el precio que estaba amortizando por ello era equitativo a la recompensa obtenida aquella señalada tarde.
   Ahora, a don Gaspar Durán, tanto le dolían las dentelladas de la mortal enfermedad venérea, como las vacilaciones que se generaban en su mente. Pero las incertidumbres y los desasosiegos se disiparon del ánimo de don Gaspar Durán el mismo día en que falleció, y no por el hecho de haber fenecido, sino por lo que halló antes de ello.
   Aquella mañana, don Gaspar Durán, recibió las respuestas a todas las preguntas que corroían su asediada mente. Como cada día, a eso de las once, su madre, que se desvivía porque no le faltase de nada, le llevó a la cama el diario de tirada nacional ABC. Don Gaspar, casi sin fuerzas, y más por costumbre que por ganas, fue ojeando poco a poco los titulares de cada una de las hojas del periódico, hasta que llegó a la sección de cultura. Fue entonces, al observar aquella página, cuando un escalofrío le recorrió la columna vertebral, dando paso a unas gotas de sudor que se asomaron a su blanquecina frente. Entonces las pupilas de los cansados ojos de don Gaspar Durán se dilataron enormemente, para poder captar cada uno de los detalles de la imagen que ilustraba media página de la sección cultural del periódico. Don Gaspar Durán permaneció largo rato contemplando aquella estampa. Era la fotografía del cuadro con el que su buen amigo, el pintor don Ramón de Penagos, había ganado la medalla de oro en la Exposición Internacional de Artes Decorativas de París.
   Visiblemente emocionado, don Gaspar, se recreó mirando aquella foto. Después una lágrima traidora se descolgó por su mejilla, y fue en aquel momento cuando don Gaspar Durán tuvo claro que, pese a todo, sí había merecido la pena cometer el fatal desliz que cometió, y haberse dejado llevar por sus bajas pasiones, y haber disfrutado, tanto como lo hizo, de los placeres que la ramera Aquilina le proporcionó aquella ominosa tarde del 15 de abril de 1931, recién estrenada la República en España.
   El cuadro del periódico, el que aquel año había encandilado al jurado parisino y ahora miraba con deleite don Gaspar Durán, retrataba en todo su esplendor el cuerpo desnudo de la agraciadísima Aquilina, la puta que lo había llevado a la cama y lo llevaría a la muerte. Su amigo, don Ramón de Penagos, la había pintado respetando al máximo el boceto que don Gaspar Durán había dibujado de ella aquella tarde de abril de hacía año y medio, poco después de haber disfrutado como un seducido de ella; porque aquel era, y no otro, el cometido que don Gaspar Durán tenía en-comendado los días unos y quinces de cada mes, cuando iba de putas a Bembibre: ser los ojos del pintor parapléjico don Ramón de Penagos, su viejo y querido amigo. Don Gaspar Durán se encargaba de dibujar los cuerpos desnudos de todas las prostitutas que ejercían su trabajo en la casa de doña Carmen Conde y Aliste, y luego enviaba los bocetos a su amigo del alma, para que éste las pintase como Dios manda: al óleo. Nadie en Noceda del Bierzo lo sabía. Y ahora, otra vez la tenía allí, frente a él, a la Aquilina, en la misma postura que la había esbozado: de pie, junto a un amplio ventanal, mostrándose entera y plena, de frente, sin complejos, ofreciéndole su apetitoso cuerpo desnudo, con la cabeza levemente girada hacia la ventana y la mirada perdida en la vega del Boeza.
   Don Gaspar Durán hizo acopio de sus escasas fuerzas y lastimosamente se incorporó en la cama. Sin prisa se preparó una más que generosa dosis de aquella morfina medicinal que le habían recetado para mitigar los dolores y, sin dudar un solo instante, se la inyectó en el brazo. Luego respiró hondo, sin ningún remordimiento por lo que acababa de hacer, y volvió a reposar su desfavorecido cuerpo en el lecho, y se quedó mirando la imagen del cuadro de su amigo, hasta que la vista se le volvió blanca. Entonces, sabiendo que llegaba el final, esbozó una sonrisa entre pícara y cómplice, y una última delatora lágrima se deslizó por su mejilla, y don Gaspar Durán, reconfortado como nunca, se dejó morir.
   En aquellos días, en Noceda del Bierzo, todo el mundo daba por sentado que don Gaspar Durán se había muerto por ir de putas.


Fin.


© Nicanor García Ordiz, 2010.

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