Marianín Idígoras



   La primera vez que Marianín Idígoras quiso quitarse la vida sólo tenía diez años, recién cumplidos. Años después, no muchos, volvería a intentarlo de nuevo, y entonces no tendría tanta suerte como aquella primera vez.
   La primera intentona de Marianín Idígoras no pasó de ser un mero acto de rebeldía, o tal vez no fuera eso; una manera de auto reafirmarse ante el mundo de aquel niño de diez años, o tal vez no; una travesura de niño, fruto, sin duda, de la naturaleza inquieta e incauta de Marianín Idígoras, o no; porque la segunda vez, cuando logró su propósito, fue algo, a todas luces, premeditado.
   Con un cable, de los de la luz, blanco y de plástico, que el niño Marianín Idígo-ras encontró en un vertedero, trató de llevar a cabo su apuesta por dejar este mundo. Fue cerca de su casa, en el lindero de un prado con una huerta, en soledad, a medio día, cuando nadie podía verlo. Marianín Idígoras, decidido, ató un extremo del cable a una rama de un peral, por encima de su cabeza, y el resto lo enrolló con varias vueltas a su cuello. La otra punta del cable lo anudó a una de sus manos, para que no se escurriera al tener que soportar el peso de su cuerpo. Marianín Idígoras sonrió, cómplice de sí mismo. Estaba a punto de salirse con la suya y eso le satisfacía. Estaba a un tic de cruzar la línea al otro mundo, al averno, y no quiso acordarse de nadie, no quiso tener a nadie en su mente, sólo él y su convencimiento de saberse dueño y señor de su existencia; en ese preciso momento lo único importante era él y lo que tenía entre manos, así que, allí, ahora, atado al peral, unido al árbol que le ayudaría a llevar a cabo su maquinación, se sentía solo, consigo mismo, vivo y pleno, y del otro lado, a un suspiro, tenía a la negra muerte. Dos realidades distintas, sí, y ahora las dos al alcance de su voluntad; Marianín Idígoras era consciente de que sería capaz, por sí mismo, de pasar de la una a la otra, y sin necesidad de nadie más, no quería a nadie más, ni siquiera en su recuerdo. Estaba preparado para hacerlo per se, porque tenía poder para ello, y eso le alentaba. Marianín Idígoras se sintió todopoderoso. Con diez años se sentía omnipotente, porque en cuestión de minutos pasaría de la cálida vida a la gélida muerte, por iniciativa propia, como sin importarle un comino, porque tenía poder y conocimiento para hacerlo, porque era consciente de que podía hacerlo, que no necesitaba a nadie para hacerlo, porque nadie le había dicho que lo hiciera, porque a nadie se le hubiese ocurrido pedirle que lo hiciera, porque se bastaba solo para hacerlo, porque su vida era su vida, su propia vida, su substancia, porque sentía que era soberano para disponer de ella, pese a que los demás trataran de convertirla en parte de otra cosa, de una familia, de una sociedad, de un futuro feliz y próspero, pero por encima de todo y todos era egoístamente suya, su propia vida, y podía hacer con ella lo que se le antojara, hasta quitársela, y lo iba a hacer, porque era amo de su presencia en este mundo, señor de su existir, su condición de ser era de él y de nadie más, por encima de lo que los demás quisieran que hiciese con ella.
   Marianín Idígoras sonreía, encubridor de su destino, y sonriendo dobló sus rodi-llas, para que el peso de su cuerpo ayudase al cable de la luz a hacer el trabajo enco-mendado por él, y el cordón blanco que le unía al peral respondió a su quehacer, y se tensó alrededor del cuello de Marianín Idígoras, como una boa constrictor ávida de otra vida para sobrevivir, y el cuello blanco y tierno de Marianín Idígoras empezó a tornarse rojo azulado, y Marianín Idígoras mantenía tenso el cable tirando fuerte del extremo que tenia atado a la mano, para que no se soltara de su garganta y lograra su cometido.
   A Marianín Idígoras, de diez años de edad, hijo de Abelardo Idígoras y Adela Blanco, hermano mayor de sus cinco hermanos y nieto de la abuela Aniceta, madre de su madre, que vivía con ellos, comenzó a faltarle la respiración, y sintió como que la cabeza empezaba a hinchársele, y que la sangre de las venas de sus sienes marcaban un ritmo frenético, camino hacia ninguna parte, porque no podía ni subir ni bajar, obs-taculizada por la barrera que puso Marianín Idígoras alrededor de su cuello. El líquido rojo, dador de vida, sólo podía dar vueltas en el contorno del cráneo, dando latidos de muerte. Los ojos de Marianín Idígoras, verdes, casi tanto como la hierba del prado donde estaba; obligados por la presión, querían salírsele de las órbitas, y él apenas podía mantener la lengua en su sitio, porque a la boca le estorbaba dentro para poder tragar todo el aire que los pulmones demandaban, y Marianín Idígoras notó cómo hacía su trabajo el cable blanco de la luz, efectivo, llevándose lentamente su vida por asfixia.
   Marianín Idígoras comprendió que la propia necesidad existencial de su cuerpo comenzaba a revelarse contra su propósito, y lo evitó, haciéndose más tozudo. Contra las órdenes frenéticas que enviaban sus neuronas a piernas y manos para que parasen aquel despropósito, Marianín Idígoras contrapuso su férrea voluntad para llegar hasta el fin, y batalló contra su cerebro para lograrlo, y sabía que iba a conseguirlo cuando fue consciente de que su cuerpo y sus sentidos comenzaban a aturdirse. Y trató de dibujar una sonrisa de satisfacción en su desencajada cara. Y su dicha hubiese sido plena, antes de cruzar el umbral, al mundo de las tinieblas, de no ser porque, una voz, a lo lejos, desde la puerta de su casa, le llamó, como otras veces, como lo hacía todos los días. Fue la voz de su abuela Aniceta que lo reclamaba a la mesa, a comer, con ella, y con sus padres, Abelardo y Adela, con sus hermanos, Alicia, Arturo, Aurelio, Alina y Andrés; con su familia. Y Marianín Idígoras tuvo que dejarlo todo, porque, de lo contrario, su abuela Aniceta lo buscaría hasta encontrarlo, y no era plan que la abuela Aniceta se llevase un disgusto al ver el cuerpo de su nieto, Marianín Idígoras, de diez años, colgando sin vida de un peral.


Fin.


© Nicanor García Ordiz. 2009.